#Deculto: La guitarra trabajadora de Víctor Jara y su semilla en la cultura

 

¿Cuándo descubrí Víctor Jara?, debe haber sido como a los 7 años. Conocí a Víctor y su música en el colegio, con flauta dulce y aprendiendo a tocar “El Derecho de Vivir en Paz”. Un tema que no volví a escuchar hasta que ocurrió el estallido social… Ahí con los audífonos en la soledad de mi cuarto y con la ropa mojada por el “guanaco”, vi una nueva versión de la canción, le puse play y lloré.

Tengo 28 años, no viví el Golpe de Estado en el ’73 y aún así lo siento parte de mi historia y de mi formación. Es una herida abierta y latente, que bota sangre con cada idea negacionista de ocultar la suciedad bajo la alfombra. No lo viví y siento rabia. Pero a 50 años de su muerte – y que está más presente que nunca tras la sentencia a varios de los militares cómplices de su asesinato – no quiero sentir más eso. Quiero volver a emocionarme, pero con la inocencia de un niño de 7 años que descubre a uno de los artistas más valientes e importantes que tiene la cultura chilena.

Es difícil dejar la bronca y la rabia de lado, más cuando este artista nos fue arrebatado con más de 40 tiros en el cuerpo, pero ¿quiero escribir desde esa negatividad o quiero buscar más al fondo y encontrar en su legado la semilla para revindicar el arte en este país? Lo voy a intentar.

Músico, escritor, director de teatro y por sobre todo profesor, ese es Víctor Lidio Jara Martínez. Un rostro que es conocido por varios, que probablemente lo imaginas sonriendo, porque está en cada mural de cada barrio a lo largo de Chile.

¿Qué tiene de representativo este personaje para estar tan presente en tantas pinturas a lo largo del país? Que nos contó cómo éramos nosotros y de ahí aprendimos a conocernos.

Yo sé que durante muchos años varios historiadores, sociólogos y antropólogos han documentado sobre las ciudades de Chile. Cómo fue la evolución social, las distintas clases que habían en el territorio y cómo se comportaban. Pero en un país donde la tasa de lectura es baja y aún se combate el analfabetismo (ya sea escrito o virtual) es difícil acceder a esa información.

Mientras algunos tienen o tuvieron la posibilidad de ir a la universidad para descubrir estos conocimientos, otros simplemente vivían donde les tocaba y tenían sólo acceso a lo que ahí había. Era una vida rutinaria donde a veces había pa’ comer y otras no. Es en ese mundo es donde irrumpe la figura de Víctor Jara.

Con una vocación de docencia infinita y con una prosa que cautiva a cualquier oyente, Víctor narró la realidad como era para muchos compatriotas que quizás no tenían el mejor vivir en ese entonces, dado que tampoco eran de la preocupación de los oligarcas que estaban en la política para dichos años (y que pareciera que no cambia mucho la cosa). Ese era el mundo obrero, que veía con ojos de ilusión en los movimietos sociales la opción de aspirar a un futuro mejor.


Esa costumbre del trabajador de salir en la mañana y “calentarse” con un cigarrito o el amor en los descansos del trabajo como el romance de Manuel y Amanda bajo la lluvia.  Es una vida tan simple, sin lujo, pero honesta y en ese mundo – que muchas veces fue invisible para las élites del país – Víctor rescataba la belleza y la humildad detrás de cada persona de la que cantaba.

Víctor le puso nombre a tanto niño que en esos años eran ignorados por un mundo adulto centrista. Todos esos “Luchín” que jugaban con pelota de trapo, con el gato y con el perro (que recordemos que la UP a varios de ellos les dio un medio litro de leche).  A todos esos trabajadores, explotados y de tradiciones, que labraron la tierra con manos duras y que con arados hacían surcos en la tierra.

Incluso hace más de 50 años atrás, Víctor nos habla del derecho más básico, el derecho a la vida y que se le fue arrebatado a punta de pistola y que años después volvimos nuevamente a pedir en la calle mientras los ojos de cientos eran cerrados para siempre bajo la protesta social.

Víctor Jara no fue cualquier músico de la escena chilena, sino que fue un artista, un docente y un conocedor de su tierra. Nos hizo conocernos a través de sus canciones y poemas, con un lápiz, papel y una guitarra.  Una fotografía que dejó no sólo en sus alumnos – a quienes cuido hasta el día de su detención en la USACH – sino que en generaciones posteriores que siguen encontrando en sus letras la magia y el arte que hace 50 años escribió.

No se trata de cantar por cantar, ni por tener buena voz, se trata de decir lo que se mira y siente con el corazón. Ese canto apretado, que mal sale cuando hay que cantar espanto y que muchas veces hemos tenido que entonar en un país que se niega a aceptar una realidad, “nunca más violaciones a los derechos humanos”.

A este profesor, a ese músico y a ese artista que es Víctor Jara, gracias por ayudarnos a encontrarnos en tu canto. Gracias por cantar y crear, incluso en los momentos donde la humanidad se cae a pedazos, gracias por devolvernos la esperanza siempre con una canción.  

Víctor Jara no es un músico más, sino que fue la semilla de toda una generación que tomó la guitarra y que todos los años le canta a uno de los artistas más importantes del país. Es uno de los cantautores más destacados de Chile a nivel internacional, es un signo de la protesta pacífica en todo acto revolucionario y es una guitarra trabajadora que sigue el legado de Violeta Parra. Por lo tanto, tiene nuestra historia, nuestra cultura y eso ningún negacionista jamás lo podrá borrar.

Por eso la gente recuerda su figura, recuerda su música y pinta en los murales su sonrisa, porque fue uno que estuvo siempre con ahí con ellos y cantándoles sobre su vida. Una que fue quizás invisible para varios, pero que para Víctor era su día a día como un obrero más, y que sigue identificando a cuanto joven que toma la guitarra o tanto abuelito que busca en las memorias de su pasado. Nos sacó la foto, incluso 50 años atrás.

Para ti Víctor Jara, presente ahora y siempre en nuestras guitarras, nuestras canciones y nuestra memoria. Gracias por siempre cantar, gracias por siempre educar y sobre todo, gracias siempre por difundir la realidad por más dura que esta sea.

Por Felipe Pino Guerrero

 

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