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#DeCulto - "Dirt": Alicia y su sombra de dolor


    Cuesta ser objetivo al momento de hablar de Alice In Chains. En especial de que debe ser, por lejos, su trabajo definitivo, como lo es "Dirt", segundo trabajo de los de Seattle editado en 1992, y el que definió la atmósfera deprimente y "mala leche" de una década turbulenta y sujeta a los nuevos aires con que el Rock renovaba votos. No solo por los 13 tracks que conforman la placa, donde no sobra ni falta nada. Y es que la vibra sombría que genera la música refleja un nivel de honestidad a la altura de su caótica producción, dejando en claro que las tripas y el dolor dibujados en ese lienzo sonoro no eran producto de la casualidad, sino todo lo contrario.

   Es necesario resaltar aquel caos bajo el cual se rigieron la sesiones de grabación entre Abril y Julio de 1992, porque la peligrosidad presente en cada surco del disco también reflejaba la humanidad de cuatro músicos que lidiaban con sus adicciones y demonios. A tal punto llegó ese caos que Dave Jerden, el productor titular, respondía escuetamente a los cuestionamientos sobre su responsabilidad en las caídas de Layne Staley en la heroína durante el proceso de producción: "Aparentemente (Layne) se enojó conmigo... ¿Y cuál es mi trabajo como productor? Producir un disco. No me pagan para ser amigo de Layne". Palabras que, de una u otra forma, dan cuenta del 'parto' que significó concebir y darle forma a un disco que reunía lo peor de nosotros como humanidad y tomaba los riffs del Black Sabbath clásico para adaptarlos a los tiempos en curso.

   Desde la arremetida inicial con "Them Bones", nos encontramos con una banda que desborda bravura y actitud 'cañera' sin renegar por un instante de la vibra opresiva con que remecieron el planeta a través de ese debut aplastante llamado "Facelift" (1990) un par de años antes. Eso es Alice In Chains en su mejor forma: riffs agresivos y llenos de lodo, voces sofocadas por la angustia y la frustración y una base rítmica cuya solidez solo  tenía una fisura: el desempeño del excelente bajista Mike Starr, quien tendría que dejar la banda en plena gira promocional del disco, producto de su pobre desempeño y las adicciones que terminaron por alejarlo de la banda que fundó a mediados de los '80. De todas formas, tanto el track inicial como la siguiente "Damn That River" ratifican el poder demoledor con que Alice In Chains le refregaba en la cara su gusto por el Metal a sus críticos más ácidos, los mismos que se empeñaban en responsabilizarlos como "culpables" de la muerte del género a comienzos de la década del '90.

  Luego del adrenalínico comienzo, llega una dupleta capaz de dejarte como trapero en el suelo. Nos referimos a "Rain When I Die" y el hit single "Down In A Hole". Mientras la primera canción te sumerge en lo más profundo del pantano con su progresión con marcado ADN sabbáthico, la siguiente te mantiene en el fondo hasta morir por ahogamiento. Ambas igual de fúnebres y capaces de envolverte en irremediable desesperanza, aunque en el caso de "Down In A Hole",el título habla por sí solo para darnos una idea sobre lo que nos encontraríamos en esa música que deprime hasta al más escéptico. Y si creías que el ritmo más acelerado de "Sickman" -el aporte de Sean Kinney en los tarros, bestial- sería un antídoto perfecto a ese estado de depresión, no podías estar más equivocado. De la tristeza más profunda a la locura suicida,hay un solo paso. Algo similar a lo que generaba Nirvana, aunque Alice In Chains llevó toda esa angustia al territorio del Metal.

   Si bien las letras se caracterizan por ser muy personales -la gran mayoría escritas por el propio Jerry Cantrell-, "Rooster" se erige como una hermosa y escalofriante elegía hacia el padre del guitarrista y fundador, un veterano de Vietnam que jamás pudo recuperarse de sus traumas psicológicos y las matanzas que le tocó presenciar en el campo de batalla. Por ende, se trata de un momento obligado para todo fan declarado, pues da a conocer la humanidad con que el cuarteto canaliza sus demonios y se une en torno a Cantrell para procrear un himno con que toda una generación se sintió identificada. Por supuesto, la interpretación de Layne Staley resulta tan desgarradora como la historia que inspiró el sexto track del disco. Por cierto, la versión incluida en el mítico directo "MTV Unplugged" (1996), si no es la definitiva, al menos te deja con esa sensación de condena que cambia tu visión de la vida a la primera escucha.

  Una arrastrada y pesada "Junkhead" nos sumerge en la mente de un adicto que batalla consigo mismo. Una mente que solo puedes entender cuando la tuya también cae, tal como le pasó al propio Layne Staley, quien murió en 2002 por una dosis letal de "speedball" (mezcla de heroína y cocaína en la misma jeringa). Por otro lado, y sin decaer la atmósfera deprimente del disco, "Dirt" llega como un cúmulo de frustraciones personales, a traves del cual Staley relata los tormentos de una relación sentimental tóxica, en el sentido más literal de la frase y que se puede percibir en la portada del disco: una mujer enterrada, encarnando la sensación similar a la sufrida por Staley. Musicalmente, y tal como ha sido en toda la placa, cómo se nota el fanatismo de Jerry Cantrell por Black Sabbath, en especial la influencia de Tony Iommi en esos riffs con que tu estado de ánimo se va al carajo en un abrir y cerrar de ojos.

  "Godsmack" continúa la temática de las adicciones, aunque complementado por la crítica ácida hacia la hipocresía como "motor social", con un Layne Staley sediento de venganza y luciéndose con una interpretación de lo más retorcida. Luego, precedida de una breve y pesadísima pieza instrumental llamada "Irongland" -con Tom Araya despachándose un grito igual de siniestro y atronador a lo que hace en Slayer-, "Hate To Feel" se presenta como una de las pocas creaciones exclusivas de Layne Staley, una suerte de puente colgante cuya letra se caracteriza por la dureza con que se dirige hacia quienes se escudan en la adicción como "enfermedad" para esconderse de la realidad.

  Llegando a la recta final del álbum, un par de bombazos con que "Dirt" culmina el recorrido como una suerte de introspección de dolor y angustia en un mundo enfermo y falto de amor. Primero tenemos "Angry Chair", con Staley exponiendo el Via Crucis personal que marcó en vida su lucha contra las adicciones a las que terminó por sucumbir. Y cerrando el álbum, la clásica "Would", una referencia camuflada al entrañable Andrew Wood, cantante de la banda de culto Mother Love Bone y a quién la heroína se lo llevó en 1990 con tan solo 24 años. Musicalmente, el bajo de Mike Starr lidera el ataque desde el inicio, mientras Jerry Cantrell aporta con la atmósfera sofocante con que el track se presenta como una espesa niebla de oscuridad y mal humor. resulta notable, también, el cómo Cantrell y Staley intercalan labores vocales con una naturalidad impresionante. Demás está decir sobre el éxito que significó para los de Seattle a nivel mediático.

  Hay mil razones por las que "Dirt" es un disco de vital importancia para el Rock de hace más de un cuarto de siglo y aquello radica en la honestidad con Staley, Cantrell, Starr y Kinney desplegaron sus virtudes creativas en el estudio, en medio de la tormenta que, perfectamente pudo haber cobrado una vida en pleno proceso. En el caso del bajista -fallecido en 2011-, no solo fue una pérdida sensible; marcó el comienzo del fin para una alineación que lidiaba con sus traumas, incluso llegado el estrellato a nivel mundial. Por ende, y pese al ingreso del flamante bajista Mike Inez -integrante de la banda de Ozzy Osbourne a comienzos de los '90-, el despido de Starr se sintió como algo doloroso pero obligatorio en una agrupación cuya ascendente carrera debía responder a la exigencia del medio, para bien o para mal.




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Escrito por: Claudio Miranda


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