Tenemos Explosivos y Estoy Bien en Teatro La Cúpula: Organizando Flujos de Rabia y Dolor

Gonzalo Ruiz7 de septiembre de 2026

Septiembre siempre es un momento de reflexión en nuestro país. Cada año, la sanguinaria dictadura cívico-militar parece estar cada vez más presente, a través del control, en sociedades de control que siguen ejerciendo ciertos grupos encargados de perpetuar una especie de “paz armada”, con violencia extrema discursiva desde arriba, disfrazándola de batalla cultural, cuando realmente es masacre si la ejercen quienes están sobre nosotros, nuestras y nuestros dueños.

Se suma a eso, tristemente coincidente, que estamos en el mes de concientización sobre la salud mental y prevención del suicidio, asociado todo a la depresión, que poco a poco se posicionó como la enfermedad de base de nuestra sociedad, de este capitalismo tardío, que nos come, nos hace responsables del no avanzar en nuestra realidad. Somos culpables de no lograr los objetivos impuestos, generando situaciones de frustración, momentos en que no lograremos lo que se espera de nosotros: casa propia, auto propio, sueldo, sino que vivimos completamente atrapados en sueños que nunca fueron meritorios, sino plenamente ligados a nuestras situaciones materiales condicionantes.

A todo esto, diferenciando del surcoreano, a veces se la ha autodenominado la sociedad de la supervivencia, en donde las y los seres humanos vivimos al límite en un capitalismo predador que nos extrae hasta lo más mínimo, no haciéndonos dueños de absolutamente nada. Bajan las compraventas, suben los arriendos, se acaba el soporte digital, bienvenido al software como servicio, ¿quieres sobrevivir? Paga la suscripción. Clientelismo perpetuo, fidelizaciones, planes básicos y premium hasta en salud, esa es la sociedad que hemos creado y permitido. Y dentro de ella, intentamos mantenernos fuertes día a día, trabajando en lo que no estudiamos, cesantía ilustrada, maximizando todo, aceptando bajos salarios para respirar, recortando de distintos lados, sobreviviendo al capital, sin esperanza, sin finalidad. Ya el sistema no es un medio, es el fin mismo de maximizar todo.

Todo esto explica el choque musical que vivimos el 4 de septiembre en el Teatro La Cúpula. Hace años que no iba y ha cambiado bastante; ahora es un lugar mucho más recreacional, alejado de aquel lugar, un tanto inhóspito, que recordaba en mis viejas memorias. El día es medio irónico: por un lado, las corbatas de siempre celebran y hacen gárgaras con el triunfo del rechazo del primer proyecto constitucional democrático; por otro lado, muchas y muchos camaradas conmemoramos el triunfo democrático del primer y único intento real en Chile de hacer las cosas bien, y hablo del triunfo en las elecciones del compañero Presidente Salvador Allende.

El ambiente está tenso. Algunos tarados se reúnen en puestos vacíos para celebrar sus ideas terroríficas, celebran que denosten a compatriotas o que somos un pueblo dócil para aplicar la doctrina Monroe, pero otros decidimos levantar el puño y ver una alternativa. Esta alternativa se ha transportado a la música, y por eso nos congregamos para escuchar propuestas emparentadas: mismo tronco, mismo sentimiento, pero distinta vertiente de ignición.


Así, los primeros en aparecer son Estoy Bien, banda que viene a reivindicar un poco el sonido y sentimiento emo, aunque yo lo considero un poco más allá, mucho más vigente y actual. Mientras suenan, de manera tremenda, aunque con unas pequeñísimas pifias al inicio, canciones de su primer corte como “Ahora” o “Frente a Frente”, voy pensando que esta banda está un peldaño más arriba en cuanto a significado, y ellos mismos lo fueron manifestando a lo largo de su show y de su propuesta visual.

A ver, el propio nombre funciona de esa manera, y no sé si yo llego muy tarde a su música o en el momento preciso, pero me encanta cómo Estoy Bien canaliza una especie de Post-Emo, un emo que cambió su temor al no hay futuro con una reafirmación de “no hay futuro”. No quiero decir que ellos crean en eso, obviamente cantan como protesta, pero lo hacen visible: vivimos en un mundo en que solamente nos queda mirar el pasado con nostalgia e intentar sedarnos lo más posible para seguir estando bien.


El trío aprovechó para seguir preparando el lanzamiento de su segundo larga duración, y sonaron “Carta” y “Quebrada”, también una canción que, por desgracia, no pude anotar su nombre o no supe cómo se llamaba, que claramente apuntó a lo que se ha señalado: “dedicada a la gente que trabaja en lo que no les gusta para sobrevivir”. Estoy Bien no es simplemente una banda que vive la ola de la supervivencia, la muestra, la enfrenta y la enrostra.

Muchas ideas como estas pasan mientras veo un mosh al medio de la pista, bailes y mucha catarsis digna de la música y de lo potente que se siente todo. Muchas y muchos agradecen a la banda, corean su nombre y aprovechan de pedirle un encore, mientras los instrumentos ya se encuentran desconectados.

Una breve pausa para el inicio del plato principal, Tenemos Explosivos. Al igual que a principio de año en Sala SCD, aunque ahora en un formato mucho más grande, el quinteto vuelve al escenario para repasar, en su plenitud, “Derrumbe y Celebración”, disco que se ha mantenido, por desgracia, demasiado vigente.



Tal vez suene extraño, pero quienes conocemos a la banda sabemos la razón de detestar que las letras sigan tan vigentes como si fuera un disco de pleno 2026, y eso duele, se siente en nuestras mentes y cuerpos, que se desgastan en la vorágine del sonido y el canto directo.

No voy a describir cada mosh y cada locura que pasó en la cancha, ni cómo hasta este momento estoy sin voz, sino lo que se siente en realidad en este momento. A ver, pasamos a un momento pensativo, muy personal y colectivo, con Estoy Bien, y ahora pasamos directamente a la acción, a la rabia misma, a la hecatombe que estamos recibiendo, a la horrible verticalidad a la que nos estamos acostumbrando.

No sé con qué propósito real la banda toca este disco, pero lo cierto es que cayó demasiado bien al momento en que nos encontramos. En un punto extraño, estamos entre desesperanzados y enojados, pero inactivos. Tal vez recuerdos como “El Misterio de Kosovo” y “La Renuncia Del Hermeneuta” nos ayuden un poco a despertar; estamos demasiado sedados, entre tanto antidepresivo y antipsicótico, y el humo de las corbatas, no logramos ver de dónde viene cada golpe.


Es de locos esto. Quiero creer que nuestra rabia servirá de algo, que tantas cosas que se dicen, tanta difusión de lo horrible que han sido estos meses, deban servir de algo realmente. Tal vez “Termodinámica” tenga la respuesta a esto, quién sabe, tal vez es momento de crear un movimiento, no lo sé.

Rabia y más rabia, motor político y no solo un enojo, motor de cambio debe ser. No podemos olvidar nunca de lo que son capaces, no podemos seguir pensando que debamos vivir otra vez operaciones como Albania, cantada perfectamente en “La Matanza De Corpus Christi”, ni tampoco que un trabajador deba llegar a inmolarse, como Eduardo Miño, para que las cosas se tomen en serio y se visibilicen, como se escupe en "Cuerpo Al Aire".

Las letras deben movernos el alma, deben hacernos bombear más sangre roja para que logremos encauzarnos, logremos atrapar y organizar nuestros flujos con la rabia, pero también con el dolor, ambas herramientas potentes para el combate político. No olvidemos, estimada o estimado lector, que los desalmados son capaces de relativizar una dictadura, que son capaces de jugar al empate, que están dispuestos a bajar el yugo ante las ondas, y obligarnos a contar los muertos y convertirlos en números, y hacer una aproximación epistemológica al dolor. 

Por eso “Antígona 404” es el canto más potente de la noche, por eso la banda grita y se desangra para entregar el mensaje ahí. No es casualidad, la canción es una muestra evidente de lo que estamos viviendo, donde algunos justifican la dictadura de Pinochet o, incluso, apoyarían una nueva, con las bajas que fueran necesarias.

No pidan que no se hable de política aquí, Tenemos Explosivos siempre ha querido eso, un posicionamiento, una búsqueda de organización y de colectivizar lo que nos pasa. Nos han capturado y captado tanto los flujos que vivimos encerrados en nuestro propio cuerpo, no nos interesa que somos más los que nos estamos sintiendo así.

Eduardo dice algo cierto, mientras se prepara un bis: ellos nos llaman de extrema izquierda por pedir derechos sociales básicos, están corriendo ellos la cerca de lo que es la izquierda política, ¿vamos a seguir dejando que las caras de nuestras rabias sean Jackson? No, pues, camaradas, debemos colectivizar todo y demostrarles a estas corbatas de lo que es capaz un verdadero movimiento de extrema izquierda, lo que significa, para que vuelvan a comprender el verdadero terreno.


En esto estamos cuando se baja el telón con “San Borja”, tema personal y emotivo, y que, ciertamente, si bien el significado teleológico era distinto, la forma en que llegó nuevamente a mi vida y donde apareció significó mucho para mí. Fue parte de mi banda sonora en los momentos más terribles que he vivido, por lo que siempre es un agridulce llanto escucharla en vivo, recordando ese abrazo que siempre me ayudó en los momentos horrorosos.

Todo se apaga, la caminata de salida es medio extensa, pero ahí voy reflexionando en todo lo que se escuchó y se dijo. Ciertamente, no queremos más víctimas, no queremos que nos obliguen a contarlas y que debamos escribirlas en todas las paredes de la tierra. No más recogernos ante el horror, sino que debemos hablarnos, querernos y luchar juntos. Eso es lo que se busca con esta música, no solo sonar pesado o entretenido, sino que juntemos nuestras cabezas y logremos prender el fuego, sin miedo a las llamas, organizando los flujos de rabía y dolor.


GALERÍA COMPLETA

Fotografías por Mario Miranda

Review por Gonzalo Biava


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