Cuando llegué al recinto, se podía escuchar el infeccioso sonido pop de Joy (Anonymous) que te invitaba a mover la cabeza desde la fila para entrar. Una vez instalada en mi puesto noté que curiosamente estaban todas las luces encendidas por lo que los músicos se perdían un poco en el escenario. Fue en la última patita del show que se apagaron las luces grandes del estadio y el espacio se convirtió en algo más parecido a una fiesta. El escaso público atrevió a pararse a bailar algunos temas. Henry Counsell estaba extático de estar en el escenario, con una actitud agradable y voz poderosa, acompañada del dj Louis Curran, quien se encargaba de dirigir la energía del show. El llamado de Joy de ser “gente alegre” resonó con la mayoría de los asistentes que tomaron atención a la propuesta de estos británicos. El fragmento de show que alcancé a ver demostró una propuesta amena por parte de Counsell y Curran, en donde su objetivo inicial como proyecto sigue vigente: un espacio acogedor para poder entregar tu cuerpo al ritmo.
Quedaban solo 20 minutos para el show final y el aire era eléctrico, la gente se apresuraba en llegar a sus lugares y se sentían ansias entre los que ya estaban sentados. Esas ansias se convirtieron rápidamente en pifias, debido al atraso de Jamiroquai, que no deben haber sido más de 20 minutos pero se sintieron como años. De repente, se apagaron las luces y el público desató gritos de emoción, más la sección en la que estaba yo atinó a solo pararse, muy recatadamente. Esta fue la tónica durante las dos horas de espectáculo.
Las primeras notas del bajo de (Don’t) Give Hate a Chance retumbaron en el recinto, acompañadas del brillante sonido de las cuerdas y percusión. Entonces, emerge Jay Kay en el escenario, con una elegante chaqueta con flecos y un sombrero de vaquero brillante. El tipo demanda que lo mires, con movimientos ligeros parece flotar sobre el escenario, mencionando lo contento que está de visitar nuestro país una vez más.
Otro aspecto a destacar fue la puesta en escena y apoyo audiovisual. La cantidad de equipo de iluminación en el escenario era absurda, con un escenario no tan grande pero altísimo, con focos en cada tramo vertical de este, acompañado de una pantalla gigante que abordaba todo el escenario.Justo cuando pensabas que no podían incluir más cosas, Disco Stays The Same reveló lásers como parte del arsenal, tragándose al Claro Arena en un baile de luces y colores. Los visualizers también demostraban ser un aporte, con imágenes interesantes pero simples, que no distraían de los artistas en el escenario.
Por lejos lo más entretenido de ver era a Jay Kay, quien parece ser incapaz de quedarse quieto, cubriendo todo el escenario y algunas partes de la barricada con pasos de baile que dejan perplejo a cualquiera, además de 3 cambios de vestuario a lo largo del show, con dos de estos haciendo referencia a Chile. Es alguien que realmente no puedes dejar de mirar pero que tampoco está desesperado por tu atención.
Con un último tramo cargado de hitazos uno tras otro, los últimos 20 minutos de show fueron esencialmente un clímax cinematográfico, donde las ganas de bailar superaban lo insípido del resto del público, donde los menos tímidos se atrevieron al fin a dejarse llevar por la música. Fue en Virtual Insanity donde todos estábamos cantando cada palabra de corazón, un tema que se hace un tanto amargo pero que al menos puedes vivir esas emociones acompañado.
Reseña por: Fran P
Fotos por: Antonia Bisso



