Shame en Chile: La herencia de un rito

René Canales16 de junio de 2026

 La tesis es simple y vale la pena decirla de frente: que el rock y sus derivados vuelvan a llenar locales con rostros jóvenes viendo tocar a sus contemporáneos, Shame y Hesse Kassel son, ambas, bandas nacidas en la última década, no debería leerse solo como una buena noticia después de años de temporadas bajas. Debería leerse, además, como un motivo de orgullo: la primera generación nativa digital reclamando para sí algo tan analógico como esto, con todos los ritos que implica. Porque no hay gesto más a contracorriente para una generación a la que se le adjudica vivir mediada por la pantalla que el de tirarse al vacío desde un escenario confiando en que el cuerpo colectivo va a sostenerte. Y eso fue, literalmente, lo que pasó esa noche del 15 de junio: una sala al 80 o 90% de su capacidad, poblada en su enorme mayoría por gente joven, con un pogo que no dio tregua y, entre los más valientes, varios que saltaron desde gran altura sobre un público que respondió con un compromiso parejo para las dos bandas de la jornada.

Abrió Hesse Kassel, y conviene desarmar de entrada la idea de "telonero". El sexteto santiaguino llegó al Chocolate apenas once días después de ganar el Pulsar a Mejor Nuevo Artista por La Brea, su debut, premio anunciado el 4 de junio. No es un dato menor: el reconocimiento institucional y la consagración en vivo ocurriendo casi en el mismo aliento. A eso se suma que La Brea ya había trascendido fronteras, con cobertura de medios extranjeros y elogios de la prensa especializada anglosajona. La banda no subió a calentar la sala para los ingleses; subió como un par, con galería propia.




Y aún así eligieron el camino difícil. El set fue breve y consistió, casi por completo, en un adelanto de lo que será su próximo trabajo de estudio: material inédito, que nadie en la sala podía corear. Es una decisión arriesgada y dice mucho. Una banda que acaba de ganar un premio por su disco debut podría haber capitalizado tocando lo que ya celebran; en cambio, prefirió seguir empujando hacia adelante. Cada vez que veo a Hesse Kassel encuentro un progreso importante en algún aspecto: desde la ejecución y el desplante hasta la escenografía y la disposición del escenario, que el sexteto se encarga de poblar con una identidad cada vez más protagónica y singular. Puede o no gustarte su música, pero es innegable que detrás del proyecto hay un trabajo cada vez más serio y con buena proyección, y que el nivel de estos jóvenes artistas merece aplauso y reconocimiento. Que lo hayan consolidado a pasos tan agigantados en tan poco tiempo no es sino mérito; el Pulsar, quizás, un primer paso en consecuencia de ello.

Lo de Hesse Kassel no ocurre en el vacío, y ahí está la parte más interesante de la noche. En el Reino Unido e Irlanda lleva ya varios años cuajando una camada de bandas jóvenes (Shame, Squid, Idles, Fontaines D.C. y, más cerca del sonido cerebral y cathártico de los chilenos, Black Country, New Road) que tomaron el post-punk y sus vecinos y los volvieron a poner en salas llenas de veinteañeros. En Chile está pasando algo asombrosamente paralelo, y al mismo tiempo: Candelabro agotando teatros y saliendo de gira, teodioteodio publicando un debut tan ambicioso como denso, y un pelotón (Asia Menor, Estoy Bien, Todos Mis Amigos Están Tristes, el propio Hesse Kassel) empujando los límites de lo que se entiende por rock nacional. No es casualidad que la prensa empiece a hablar de Chile como un nuevo paraíso del rock. Hay un linaje que estas bandas reconocen y citan, de Los Prisioneros para acá, pero el gesto es nuevo: no es nostalgia de algo que no vivieron, es la elección activa de lo no mediado.


 Y acá está el punto que vuelve todo más vertiginoso: la marea joven entra con fuerza en la escena local y, a la vez, ya está afuera. La Brea aterrizando en listas de fin de año extranjeras significa que esta generación no consume una escena global desde la periferia; es un nodo más de ella, en igualdad de condiciones. Las mismas herramientas que los hacen nativos digitales son las que dejan que su música circule sin intermediarios. Local y planetario en el mismo movimiento.

Entonces llegó Shame, y la sala terminó de prenderse. La personalidad de Charlie Steen, junto al jolgorio que emanaba de cada gesto de la banda sobre el escenario, marcó la pauta de una noche que fue, de principio a fin, un viaje de ida. Detrás, las visuales estáticas del nombre en mayúsculas, SHAME, funcionaban como un símbolo que se hacía cada vez más fuerte a medida que las canciones soltaban sus capas más rotundas: lo visual inmóvil contra lo sonoro que escalaba. El quinteto del sur de Londres aterrizó en el Chocolate en plena primera gira sudamericana, entre Lima y Buenos Aires, con Ciudad de México días antes y São Paulo en el horizonte, y bastaron los primeros acordes para entender que lo que en disco puede sonar cerebral, en vivo es pura descarga física.



El set no se guardó a la timidez de grandes éxitos. Apoyado con fuerza en Cutthroat (2025), siete de sus canciones fueron la columna vertebral de la noche, dejó claro que Shame no vino a administrar nostalgia sino a defender su presente. Pero tampoco renunció a su propia historia: la banda recorrió sus cuatro discos sin pudor, desde la crudeza fundacional de Concrete y Tasteless, de aquel Songs of Praise (2018), hasta el músculo de Fingers of Steel y Adderall (Food for Worms, 2023) y el pulso anguloso del Drunk Tank Pink (2021), con Alphabet, Born in Luton, Water in the Well y Snow Day. Cada vez que asomaba un tema viejo, la sala respondía como ante un viejo conocido.

Los picos llegaron donde tenían que llegar. Alphabet detonó uno de los pogos más cerrados de la jornada, y hacia el tramo final One Rizla, uno de sus primeros himnos, de los días en que eran apenas unos adolescentes del sur de Londres, hizo estallar a un público que se la sabía de memoria, prueba de que la herencia ya está circulando. El cierre fue casi un manifiesto: el tema título, Cutthroat, y de remate una versión de Sex & Drugs & Rock & Roll, de Ian Dury, que en boca de estos jóvenes sonó menos a chiste que a declaración de principios: el linaje más básico y vital del rock reclamado sin una gota de ironía. Entre saltos, brazos en alto y un Steen entregado al cuerpo colectivo, Shame dio una verdadera cátedra de por qué la juventud tiene algo en las venas que sirve para leer el futuro del mundo.


Porque de eso se trataba, finalmente. Una sala repleta de nativos digitales demostrando que el rito no se extingue: se hereda. La posta pasando de mano, de una generación a otra y de un hemisferio a otro, sin pedirle permiso a la nostalgia. Si alguien dudaba de que hubiera futuro en todo esto, esa noche en el Chocolate la respuesta saltó, en sentido estricto, desde el escenario.

Setlist
Axis of Evil
Concrete
Tasteless
Cowards Around
Nothing Better
Fingers of Steel
Six-Pack
Alphabet
Quiet Life
Lampião
Born in Luton
Adderall
Water in the Well
Spartak
Snow Day
One Rizla
Cutthroat

Revisa las fotos del show aquí 

Reseña por René Canales



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