Existen leyendas que, cada vez que suben al escenario, siguen creando historias. Cada paso suma un nuevo recuerdo. Lo de anoche en Blondie fue precisamente eso. Public Image Ltd. llegó con esa mezcla de ritual, ruido y confrontación que los define desde fines de los 70, y el resultado fue un show hipnótico, intenso y absorbente. La voz de John Lydon dejó en claro que sigue teniendo una fuerza arrolladora.
Desde su anterior visita a Chile, en 2016, PiL ha dejado claro que no viene a ofrecer un ejercicio de nostalgia, sino una verdadera cátedra. Esta segunda presentación en el país volvió a convertirse en una máquina de tensión: una mezcla de ruido industrial, bajos cavernosos y la imprevisibilidad absoluta de su líder.
Con un simple “Welcome to PiL”, pronunciado por un John Lydon de mirada filosa y postura desafiante, el ambiente quedó inmediatamente bajo su control. Lydon juega a incomodar, a provocar, a romper cualquier gesto de complacencia. Y eso, en un recinto como Blondie —más acostumbrado al desborde bailable— generó una energía distinta, más densa y eléctrica.
Desde los primeros minutos, el concierto dejó claro que todo giraba alrededor de su figura. Caminando de un lado a otro del escenario, mirando al público con ironía y provocación, Lydon mantuvo el control absoluto de la noche. Sin necesidad de grandes gestos ni de una puesta en escena espectacular, bastó su presencia para marcar el tono del show.
Su voz, todavía reconocible e inquietante, conserva esos registros agudos y ásperos que siempre la han caracterizado. Más que cantar, Lydon parece declamar: lanza frases, tensiona las canciones, las empuja hacia adelante. Esa forma de interpretar encaja perfectamente con el repertorio de PiL.
El sonido fue, por momentos, pura esencia industrial. Las líneas de bajo —marca registrada de la banda— dominaron el espacio, envolviendo todo en una vibración más física que melódica. El concierto recorrió buena parte de la historia de PiL. Temas como 'Home' y 'Memories' aparecieron desde el inicio para instalar rápidamente esa mezcla de oscuridad y tensión que caracteriza al grupo.
Más adelante llegaron 'This Is Not a Love Song', 'Public Image', 'Death Disco' y 'Rise', convertidas en piezas densas y envolventes, sostenidas por bajos profundos y guitarras tensas. Lejos de sonar como clásicos envejecidos, las canciones conservaron intacto el nervio y la incomodidad que las volvieron influyentes.
Uno de los momentos más intensos llegó con 'Shoom' del disco "What the World Needs Now...." Atravesada por los gritos y la agresividad de la letra, la canción se transformó en una descarga de rabia pura. El público no tardó en responder, coreando con fuerza el “Fuck off!” que atraviesa el tema. Fue uno de los instantes más directos y viscerales de la noche.
Entre medios, con dos encore, pidió una pausa, para ir a fumar un cigarro, luego volvió, entre medio de dos pausas. ¿Debía pedir permiso? No, ya que él mandaba en el lugar.
El cierre quedó reservado para 'Chant', un remate perfecto para un concierto que nunca bajó la intensidad.
La selección del repertorio mostró, además, el carácter particular de PiL: una banda que nunca ha dependido únicamente de sus canciones más conocidas. En lugar de construir un show basado en hits, Lydon prefirió alternar clásicos inevitables con material más áspero y menos evidente, incluyendo canciones de discos como "Metal Box, Album" y "End of World". Eso hizo que el concierto tuviera un ritmo distinto, con pasajes más largos y versiones extendidas que parecían estirar cada nota hasta el límite.
Hubo momentos en que Lydon pidió más desorden, recriminando al público por estar demasiado tranquilo. PiL no es una banda amable ni cómoda, y tampoco pretende serlo. Pero también hubo instantes de entrega total, especialmente cuando el ruido se volvía casi trance y la tensión terminaba por apoderarse de toda la sala.
Lo más interesante del show fue justamente esa incomodidad. PiL no viene a validar expectativas ni a reproducir un pasado glorioso. Viene a recordarte que el post-punk, en su esencia, sigue siendo una herramienta para provocar, incomodar y romper estructuras, incluso décadas después.
Más que nostalgia, hubo algo mucho más valioso: una experiencia genuina, sin concesiones, que se sintió como una verdadera clase magistral de cómo sostener un show.
En tiempos en que muchas bandas legendarias funcionan en piloto automático, PiL —y especialmente John Lydon— todavía parece tener algo que decir, aunque no siempre sea fácil de digerir.
Si Blondie suele ser catarsis, anoche fue otra cosa: tensión, ruido y una especie de ritual. Y eso no se olvida fácilmente.
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