Speed en Chile: Hardcore sin concesiones

René Canales13 de marzo de 2026

Ya hace algunas semanas comentábamos lo increíble que resulta ver cómo la brecha que antes percibíamos con la calidad de los shows en los países del norte parece hoy un poco menor. No solo porque ahora es posible traer bandas de gran calibre, sino también porque los actos soporte llegan con un nivel que perfectamente podría sostener una fecha por sí solos. Es un lujo que —aunque sabemos que sigue siendo costoso— alimenta una ilusión enorme: la de pensar que ese circuito que tantas veces miramos desde lejos puede estar un poco más cerca.

Quién sabe, quizás organizar algún día un festival local lleno de nombres insignes del underground ya no sea un sueño tan distante. Jornadas como la de ayer parecen confirmarlo: tres titanes sobre un mismo escenario rindiéndole pleitesía a un público que, desde el primer minuto, dejó claro que no iba a decepcionar a ninguno de los números sobre la tarima.

Speed, la banda de hardcore australiana que ha tenido un ascenso meteórico durante los últimos seis años, llegaba a Chile acompañada de Clique, otro nombre que se ha ganado su lugar en algunos de los escenarios más importantes del underground en el hemisferio norte. Y como si eso no fuera suficiente, la guinda del pastel era la presencia de Path of Resistance, una verdadera leyenda que pisaba suelo chileno por primera vez. Algo que, por sí solo, ya parecía impensado; tenerlos a todos juntos en una misma noche lo hacía aún más surreal.

El Club Chocolate fue el centro neurálgico de la jornada. Un escenario que, hay que decirlo, no es el más amable para el hardcore. Alto, distante y con proporciones algo incómodas para un género que vive de la cercanía entre banda y público. A eso se suma una cancha amplia hacia los lados, pero corta hacia el fondo, una configuración que obliga a que la energía circule de manera distinta a la que estamos acostumbrados en salas más compactas.

Pero si había alguna duda sobre si el espacio iba a responder, se disipó rápido: el lugar estaba lleno. Sin bandas locales en el cartel —una decisión poco habitual para fechas de este tipo— la responsabilidad de sostener la noche recaía completamente en los tres nombres anunciados, que además llegaban con un peso específico más que suficiente para hacerlo. 

Quienes abrieron la jornada fueron los legendarios Path of Resistance, entrando como auténticos líderes de escuela, cargando sobre los hombros el peso de haber sido parte de los arquitectos de esa nueva ola de hardcore que marcaría a toda una generación. Al frente, el mítico Karl Buechner comandaba una formación que rápidamente dejó claro que lo suyo no era solo nostalgia, sino una reivindicación viva de ese legado.


Desde los primeros minutos, los más aguerridos —y también los más veteranos— comenzaron a congregarse en el borde del escenario. A pesar de la altura poco amigable de la tarima del Club Chocolate, varios de los más obstinados no dudaron en treparse para tomar el micrófono en más de una ocasión, transformando el set en lo que hoy muchos llamarían un momento “canónico” para toda una generación que creció con las bandas que cimentaron esta cultura durante los noventa.

La alineación de la noche también traía una sorpresa significativa: en guitarra aparecía Jimmy Chang, conocido por su trabajo en bandas fundamentales como Undying, Catharsis y Sect, reforzando aún más el peso simbólico del momento.

Lo que siguió fue una seguidilla de clásicos tras clásicos: un repaso directo a los dos trabajos más emblemáticos de la banda, repartiendo la intensidad del set entre tres vocalistas que fueron turnándose para mantener la descarga constante sobre el público. Si bien el caos frente al escenario no alcanzó los niveles que vendrían más tarde en la noche, la banda contaba con una verdadera barra brava en las primeras filas: seguidores de larga data, caras conocidas del circuito y hasta un grupo considerable de fanáticos trasandinos que cruzaron desde Argentina para presenciar por primera vez a Path en vivo. Un detalle que no pasó inadvertido y que ayudó a reforzar la sensación de estar presenciando un pequeño hito dentro de la historia local del hardcore.
Si Path of Resistance representaba el peso histórico del género, la aparición de Clique vino a encarnar su pulso más juvenil. Desde el primer momento quedó claro que la energía iba a cambiar de registro.
La banda irrumpió en el escenario del Club Chocolate con una entrada cargada de simbolismo: los parlantes lanzaron los primeros acordes de El derecho de vivir en paz de Víctor Jara, un guiño inmediato a la historia política chilena que no pasó desapercibido entre los presentes. El gesto encontró continuidad en un discurso que también hizo referencia a las movilizaciones estudiantiles del país, reforzando una conexión que el hardcore siempre ha sabido cultivar con los contextos locales.

Musicalmente, Clique elevó la intensidad de la jornada. Con un sonido mucho más pesado y metálico, la banda encendió los primeros pits realmente violentos de la noche. No hubo demasiado espacio para stage dives —las dimensiones del lugar seguían jugando en contra—, pero el centro de la cancha rápidamente se transformó en un torbellino de empujones y vueltas, mientras el vocalista no dejaba de insistir en que la audiencia se sumara al caos colectivo.

La interacción con el público fue constante: llamados a abrir el pit, a empujar más fuerte y a “tirar todo abajo”, en una descarga abrasiva que parecía estar diseñada para preparar el terreno para lo que todos sabían que venía después.

El cierre quedaba en manos de Speed, y aunque su entrada no fue particularmente más grandilocuente que la de las bandas anteriores, la diferencia en la reacción del público fue evidente desde el primer segundo. La ovación fue inmediata, y antes incluso de que sonara la primera nota ya había gente organizando el pit de lado a lado en la cancha del Club Chocolate.

El estallido definitivo llegó apenas apareció la flauta que abre Real Life Love. Lo que hasta ese momento era expectación se convirtió de golpe en un torbellino de energía comprimida: mosh pits cada vez más densos, empujones constantes y un flujo permanente de gente entrando y saliendo del centro del caos.

Fue también el momento donde aparecieron los stage dives más arriesgados de la noche. Con un escenario alto y una masa relativamente pequeña abajo, más de alguno se lanzó sin demasiadas garantías de recepción, saltos detonados por pura adrenalina que en algunos casos terminaban casi en caída libre. Una imagen que dejó a la banda visiblemente sorprendida desde el escenario.

Musicalmente, el set fue una seguidilla implacable de golpes directos. Temas como Not That Nice y We See U mantuvieron el movimiento constante en el centro de la cancha, mientras que The First Test terminó de sellar uno de los momentos más intensos de la noche.

En medio de ese desorden organizado apareció también el discurso de Jem Siow, que no ocultaba su emoción al ver la respuesta del público chileno. Entre canción y canción insistía en la importancia de mantener vivas las escenas de países más pequeños, fuera de los circuitos tradicionales donde el hardcore suele concentrarse. Un mensaje que fue recibido con la misma intensidad con la que se vivía el show: gente subiendo al escenario, compartiendo el micrófono y devolviendo la energía a la banda en un intercambio constante.

Lo que se vivió durante esos minutos finales fue, sencillamente, una locura. Un nivel de intensidad que superó todas las expectativas para un espacio con las características del lugar, transformando la sala en un terreno donde cada quien podía disfrutar el caos a su propia manera: en el pit, sobre el escenario o simplemente observando cómo se desplegaba frente a ellos uno de esos momentos que definen por qué esta música sigue generando comunidades tan apasionadas.

Al final, lo que dejó la noche fue la confirmación de que la escena local está cada vez más conectada con ese circuito global que durante años parecía inalcanzable. Si antes mirábamos estos carteles con cierta distancia, jornadas como la de ayer demuestran que ese sueño ya no está tan lejos. A veces basta con una sala llena, tres bandas en estado de gracia y un público dispuesto a dejarlo todo para recordarnos que el hardcore —aquí y en cualquier parte— tiene para dar de sobra al futuro. 

Setlist — Speed

Real Life Love
Don't Need
We See U
Ain't My Game
Kill Cap
Peace
Big Bite
Shut It Down
Not That Nice
One Blood We Bleed
The First Test


Reseña por René Canales

Fotos por Anto Bisso 

Publicidad
Cargando anuncio...