Vísperas de AC/DC EN CHILE: los inicios de los hermanos Young junto a la rebeldía de Bon Scott

Bastián Gómez15 de febrero de 2026


Chile ha esperado tres malditas décadas. Treinta años de sequía desde aquel hito de 1996, una espera que termina con un rugido doble: los próximos 11 y 15 de marzo en el Parque Estadio Nacional. Mientras las entradas vuelan y la ansiedad se respira en el aire de Santiago, es imperativo volver al origen, al momento exacto en que los hermanos Young y el inmortal Bon Scott decidieron que el rock no necesitaba sutilezas, sino una patada en los dientes.

La historia comienza con High Voltage (1975), un disco que apesta a sudor, cerveza barata y peleas de bar en Sídney. No era música para intelectuales ni para la radio complaciente de la época; era la declaración de principios de unos tipos que sabían que el blues, si se tocaba con suficiente rabia, podía incendiar el mundo y 'Baby please don't go' es muestra de ello. 



Poco después con su nueva placa, en temas como "It’s a Long Way to the Top", la banda nos escupió la verdad en la cara: el camino al éxito es un calvario, y ellos estaban dispuestos a caminarlo descalzos sobre vidrio.

La verdadera combustión espontánea llegó con T.N.T. (1975). Aquí, AC/DC dejó de ser una promesa local para convertirse en una amenaza biológica. Con el riff titular y la marcha militar de "It’s a Long Way...", establecieron el patrón de lo que sería su sonido eterno: una sección rítmica que funciona como un metrónomo de acero y los solos de Angus Young, que parecen sacados de un cortocircuito cerebral. Es el disco donde aprendieron a convertir el ruido en himnos de estadio.




Luego vino Dirty Deeds Done Dirt Cheap (1976), el álbum que confirmó que Bon Scott era uno de los poetas más peligrosos y carismáticos de la clase obrera. Canciones como 'Problem Child' o la que da nombre al disco no eran solo música; eran manuales de conducta para los marginados... lo mismo con 'Jailbreak'. AC/DC no pedía permiso para entrar en la escena internacional; pateaban la puerta y se llevaban las joyas, dejando un rastro de amplificadores quemados a su paso.

Esa misma irreverencia es la que aterrizará en Ñuñoa en marzo. Porque AC/DC no viene a Chile a dar un recital de nostalgia; vienen a reclamar el trono que dejaron vacante hace 30 años. Ver a Angus hoy, con la misma energía frenética que en el '75, es un recordatorio de que el rock n' roll, cuando es honesto, no envejece, solo se vuelve más peligroso y necesario.




El 11 y 15 de marzo no son solo fechas de conciertos; son ritos de exorcismo para una fanaticada que ha pasado tres décadas viendo registros de YouTube y soñando con el estruendo real. El Parque Estadio Nacional será el epicentro de un terremoto grado 10 de puro volumen. Si en los 70 la banda era un secreto a voces en los tugurios australianos, hoy son la última gran reserva moral de un género que se niega a morir.

Periodísticamente, es fascinante analizar cómo estos tres primeros discos sentaron las bases de una religión que no acepta infieles. No hay experimentos progresivos ni sintetizadores pretenciosos; solo tres acordes y la verdad absoluta. Ese minimalismo salvaje es lo que ha mantenido a la banda relevante mientras otras modas se oxidaban en el basurero de la historia.

El retorno por partida doble no es casualidad. Chile es un país de rockeros de cepa, de esos que entienden que el sudor en la cancha vale más que cualquier entrada VIP. La organización sabe que una sola noche no bastaba para calmar la sed de tres generaciones de chilenos que han crecido con el logo del rayo tatuado en el alma o pegado en la mochila del colegio.

Repasar estos inicios es entender por qué estamos tan desesperados por verlos. En High Voltage, T.N.T. y Dirty Deeds, AC/DC inventó la pólvora; en marzo, nosotros pondremos el fuego para que todo explote. Es el cierre de un círculo que comenzó en las calles de Sídney y que culminará con miles de gargantas gritando hasta quedar mudas.

Preparen los oídos, desempolven las chaquetas de mezclilla y prepárense para la alta tensión. El Parque Estadio Nacional está a punto de convertirse en el lugar más ruidoso del planeta. Porque, después de treinta años, el mensaje sigue siendo el mismo: Que se haga el rock, y que sea tan fuerte que el resto del mundo no pueda ignorarlo.




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