Vísperas de AC/DC en Chile: ¡deja que haya ROCK!

Bastián Gómez25 de febrero de 2026

El aire de Santiago se sentirá distinto este marzo. No es solo el calor del verano que se retira, sino la electricidad estática que precede a la tormenta. Tras 30 largos años desde aquel histórico 1996, el Parque Estadio Nacional se prepara para recibir los días 11 y 15 de marzo a la maquinaria definitiva del rock: AC/DC. Para muchos, será el debut; para otros, el cierre de un ciclo vital que comenzó con un cassette o un disco grabado en casa.

Hablar de AC/DC es hablar de una trilogía que cimentó el género entre 1977 y 1978. En la imagen de nuestra memoria colectiva, estos tres álbumes bajo el sello Atlantic Records representan la era más pura y peligrosa de la banda. Es el momento en que Bon Scott, los hermanos Young, Cliff Williams y Phil Rudd decidieron que el mundo era demasiado silencioso y que ellos tenían el volumen necesario para despertarlo.

Comenzamos el viaje con Let There Be Rock (1977). Este disco no es solo música; es un manifiesto religioso para el pecador del rock. Fue aquí donde la banda abandonó cualquier atisbo de pulcritud para entregarse a un sonido crudo, saturado y visceral. Canciones como 'Whola Lotta Rosie', 'Dog Eat Dog' o 'Hell Ain't a Bad Place to Be' nos recordaban que el rock venía de la calle, del sudor y de la urgencia de ser escuchado.



A título personal, Let There Be Rock tiene un tinte sagrado. Recuerdo las tardes frente al monitor, peleando con la conexión de Ares, ese viejo programa de descargas que hoy parece una reliquia arqueológica. Mi padre, con esa insistencia que solo tienen los verdaderos melómanos, me pedía una y otra vez que le bajara "esa" canción en particular para incluirla en sus discos piratas, esos compilados caseros que guardaban sus tesoros más preciados.

La canción homónima, "Let There Be Rock", era el infaltable en su repertorio. Ver la barra de descarga de Ares progresar lentamente era el preludio a un ritual: quemar el CD y entregárselo como quien entrega una reliquia. Es irónico y hermoso cómo la tecnología de una época nos permitió conectar con la pasión de otra, haciendo que un riff grabado en 1977 se convirtiera en la banda sonora de nuestra complicidad diaria.

Esa canción cobró un significado eterno cuando llegó el momento de la despedida. Fue la última melodía que le puse a mi padre antes de que partiera. En ese estruendo final, en el solo frenético de Angus que parece no terminar nunca, hubo una paz extraña. Fue su última conexión con este mundo: un grito de libertad y electricidad que lo acompañó hacia el silencio, dejando en mí la certeza de que el rock, cuando es de verdad, nunca muere.

Poco después, en 1978 llegó Powerage. A menudo subestimado por el público general, es el favorito de los puristas y músicos. En temas como 'Sin City' o 'Gone Shootin', la banda mostró una madurez compositiva fascinante. Es un disco con más texturas, donde el bajo de Cliff Williams cobra un protagonismo hipnótico, sirviendo de base para que los Young tejieran algunos de los mejores riffs de su carrera quedando plasmados en un clásico como 'Riff Raff'.

Esta etapa cierra con el aclamado Highway To Hell en 1979. Todo aquel quien se llame fanático del rock debe conocer por lo menos la melodía de la exitosa canción homónima, no solo uno de los éxitos más grandes de la banda sino que de todo el genero a lo largo de estas cinco décadas.


Y acá hay que detenerse -al menos- un par de segundos y apreciar la que fue, inesperada y tristemente, la última obra del gran Bon Scott, quien meses después falleció producto de una intoxicación etílica. 

Estos tres pilares —el estudio crudo, el vivo incendiario y la sofisticación del riff— son los que traerán a Santiago. Verlos en el Parque Estadio Nacional, en un formato que promete ser más íntimo y envolvente que el coloso de cemento, es una oportunidad única. La banda vuelve a un Chile que ha cambiado mucho desde 1996, pero que mantiene intacta esa hambre de distorsión que solo ellos pueden saciar.

El contexto de estos shows es especial: 30 años de ausencia es toda una vida. Generaciones que crecieron escuchando las historias de "la única vez que vinieron" ahora podrán vivirlo en carne propia. Para otros, será la oportunidad de levantar los cuernos al cielo y dedicarle "Let There Be Rock" a aquellos padres, hermanos o amigos que nos enseñaron a amar este ruido bendito y que ya no están en la cancha.

La producción ha sido clara: no será en el interior del estadio, sino en el espacio abierto del Parque, lo que permite una configuración acústica y visual distinta. Esto le da un aire de festival, de reunión de la tribu, donde el espíritu de Bon Scott y Malcolm Young flotará sobre cada amplificador. Es la celebración de una supervivencia milagrosa, la de una banda que ha superado muertes y crisis sin cambiar ni un ápice su ADN.

Este 11 y 15 de marzo, cuando suenen los primeros acordes, muchos cerraremos los ojos por un segundo. Recordaremos los discos piratas, las descargas de Ares y a los viejos que nos pasaron la posta. AC/DC vuelve a Chile para recordarnos que, mientras haya una guitarra conectada y un corazón latiendo a ritmo de 4/4, siempre habrá esperanza. ¡Que se haga el rock, una vez más!



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