Human Tetris: Un ritual de frialdad hipnótica

René Canales23 de febrero de 2026

Hay algo profundamente coherente en presenciar a Human Tetris en un recinto de escala contenida. Lejos de los escenarios más amplios que la banda rusa ha pisado en sus visitas anteriores a Chile, su paso este domingo 22 de febrero por Sala Metrónomo encontró en la intimidad un aliado natural: un espacio donde su estética de distancia emocional, precisión mecánica y melancolía bailable pudo desplegarse sin interferencias.

El ambiente previo no respondía a la ansiedad masiva que suele acompañar a nombres de su estatura dentro del circuito post-punk contemporáneo. No hubo filas extensas ni urgencia colectiva por ingresar, aunque sí un contingente fiel que resistió el calor de la tarde santiaguina para asegurar su lugar. Ya dentro, la escena era clara: una congregación de milennials vestidos bajo el uniforme tácito del género —negro, sobrio, introvertido—, preparados no para el desborde, sino que para el trance.

 A las 20:00 en punto, la banda apareció sin preámbulo. Sin teloneros, sin visuales, sin distracciones. Incluso las pantallas del fondo permanecieron cubiertas durante toda la presentación, como si cualquier elemento externo pudiera interferir con el núcleo de la experiencia. Desde el primer momento, Human Tetris dejó en claro que la estelaridad residía exclusivamente en su música, y en la capacidad de esta para generar una atmósfera autosuficiente.

El set fue un recorrido enfocado en su etapa más reciente, con material de Common Feeling (2025), Two Rooms (2023) y Memorabilia (2018), además de guiños a sus primeros lanzamientos. Desde los primeros compases, el público entró en movimiento: un frenesí descontrolado desde el baile introspectivo tan propio del post-punk, donde cada cuerpo parece habitar su propio espacio emocional, pero en sincronía con una pulsación colectiva.

 En lo sonoro, la banda operó con precisión quirúrgica. Las guitarras cargadas de reverb se extendían como capas de niebla sobre un bajo grueso y penetrante, mientras la batería —híbrida entre lo acústico y lo digital— sostenía una estructura rítmica constante, casi industrial en su regularidad. El resultado fue un paisaje denso y envolvente, un vórtice melancólico que absorbía progresivamente a los presentes.

La voz de Arvid Kriger emergía desde ese entramado con una cualidad distante pero profundamente funcional: no buscaba dominar el espacio, sino integrarse a él. Sus intervenciones habladas fueron mínimas, limitadas a breves agradecimientos impulsados más por la insistencia del público que por voluntad propia. A su alrededor, Tonya y Ramil ejecutaban con una concentración parca, casi impasible, reforzando la sensación de estar frente a una maquinaria perfectamente calibrada. Un automatismo que no implicaba frialdad emocional, sino un compromiso absoluto con la forma.

Sin embargo, bajo esa superficie controlada, la energía encontraba sus puntos de fuga. “Long Flight” y “Ugly Night” marcaron algunos de los momentos de mayor sincronía entre banda y audiencia, instantes donde la distancia parecía difuminarse brevemente y la sala entera se convertía en un organismo único. Fue, no obstante, el cierre con “Things That I Don’t Need” el que terminó por romper cualquier contención restante: el baile evolucionó hacia el pogo, e incluso hubo espacio para el crowdsurfing, una liberación física que contrastaba con la contención emocional que había dominado hasta entonces y que incluso hizo a la banda desbordar su metro cuadrado y sumarse con movimientos que conectaban perfecto con la energía del lugar.

Sin encore ni pausas visibles, el concierto avanzó de forma continua, casi robótica en su ejecución. Cuando terminó, la banda ofreció un breve saludo mientras las luces se encendían gradualmente, y el público respondió con una ovación sostenida antes de dispersarse con la misma sobriedad con la que había llegado. Era domingo por la noche, después de todo, y la rutina aguardaba.

Lo que Human Tetris ofreció fue una experiencia de frialdad hipnótica y catarsis controlada. Una celebración de la nostalgia no como refugio pasivo, sino como movimiento: una pista de baile donde la introspección se convierte en gesto, y donde la distancia emocional no separa, sino que conecta.


Setlist

Waves
Letter
Home
City
Your Laugh
Light Room
Fade
Day and Night
Horizon
Silhouette
The Hardest Feeling
Long Flight
A Company
Another Day
Melancholy
Trier
Ugly Night
Ruins
Pictures
Bravery
Warm Memory
Things I Don't Need

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Reseña por René Canales

Fotos por Mario Miranda 
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