El 20 de enero, Sala Metrónomo —también rebautizado por el relato popular como la Sala Moshódromo— fue el escenario de una noche que no admitía tibiezas. El lugar, lleno de cabo a rabo, saturado de cuerpos transpirados —bien sea por el calor o la ansiedad— no hallaba refugio posible: incluso desde las últimas filas se percibía la emoción, un fuego aguerrido que anticipaba que lo que vendría, una descarga física y colectiva que en la recepción del regreso de la leyenda de Terror a Chile.
Pero echemos marcha atrás a las horas anteriores. El ambiente previo estuvo marcado por el calor abrasivo de un lunes de verano —denso, pegajoso, casi asfixiante— y por un nerviosismo compartido. No era ansiedad vacía: era la expectativa concreta de ver a Terror una vez más, los históricos del hardcore de Los Ángeles que desde su fichaje en Gold Theory Artists no han hecho más que acrecentar su figura como uno de los números veteranos más sólidos de la escena hardcore mundial. En los rostros del público se mezclaban generaciones, viejos habituales del circuito con asistentes más jóvenes, todos unidos por la misma pregunta flotando en el aire: ¿aguantaría el cuerpo lo que estaba por venir?
Las bandas de apertura cumplieron un rol clave en la construcción de ese ambiente. Incinerar fue la primera en encender la mecha, con un metalcore de raíz clásica, sin adornos ni desvíos. Letras y riffs incendiarios comenzaron a sacudir las paredes del recinto mientras la sala seguía llenándose, aumentando no solo en número, sino también en intensidad. Cada tema parecía tensar un poco más el espacio, preparando al público para un mayor nivel de intensidad.
Luego fue el turno de 562 —banda ya clásica y consolidada dentro del circuito local— que hizo lo que mejor sabe hacer: convertir la espera en movimiento. Con un set cargado hacia sus temas más aguerridos y reconocibles, la banda no tardó en activar los primeros pits y stage dives de la jornada. El público respondió de inmediato, como si necesitara confirmar que el cuerpo estaba listo para lo que venía después. La frase “ESTO ES CINCO SEIS DOS” no fue solo una presentación, sino una consigna que funcionó como punto de quiebre: a esa altura, la Sala Metrónomo ya estaba lista.
Sin anuncios grandilocuentes ni gestos de estrella, como si se tratara de una tocata local de fin de semana, Terror subió al escenario en penumbras y con absoluta calma. Esa serenidad aparente se tradujo, en el público, en todo lo contrario. La tensión acumulada explotó apenas la inconfundible figura de Scott Vogel apareció en la orilla de la tarima. Un saludo breve, sin rodeos, y de inmediato el acelerador a fondo: un llamado directo a subirse a un viaje incombustible que partió con una frase reconocida al instante, disparada como una bala que da inicio a una carrera: “Always against the odds, one with the underdogs”.
No alcanzó a caer el primer riff y ya había cuerpos apilados en las primeras filas, empujes sin coreografía y saltos lanzados sin cálculo. La reacción fue inmediata, casi refleja, como si la sala hubiese estado conteniendo la respiración todo ese tiempo. En este tipo de espectáculos, el rol del público no es accesorio, es estructural, y anoche lo entendieron a la perfección. Lejos de ser espectadores, se comportaron como un miembro más de la banda, respondiendo a cada gesto y expectativa de Vogel, quien no dejó de repetirlo como una consigna clara y sin adornos: “Este es su show”.
El recorrido fue amplio y bien calibrado, un viaje que celebró sin pudor los momentos más sólidos del repertorio de Terror. Temas como "Spit My Rage", "Stick Tight" o "Always the Hard Way" funcionaron como puntos de anclaje inmediato, detonadores de coros colectivos y empujes sincronizados que recorrían la sala de adelante hacia atrás. No había dudas ni tiempos muertos: cada canción parecía encajar con la siguiente como una sola masa compacta.
Pero el set no se quedó atrapado en la nostalgia. También hubo espacio para iluminar la etapa más reciente de la banda con cortes como "Pain Into Power" o "Can’t Help But Hate", este último recibido con particular entusiasmo gracias a que cuenta con una colaboración con la leyenda George “Corpsegrinder” Fisher de Cannibal Corpse. Algunos temas fueron más coreados que otros, es cierto, pero la energía nunca bajó: se movía en todas direcciones, constante, sin jerarquías claras entre pasado y presente.
El agotamiento, simplemente, no existió. O al menos no se notó. La gente se encargó de dejarlo claro durante todo el grueso del set, sosteniendo una intensidad que parecía no necesitar pausas ni aire. Terror tocó el listado completo de un tirón, sin respiros, y esa decisión fue clave para que no se apagara ni una sola chispa de la llama que habían encendido desde el primer riff. El resultado fue un mosh pit infinito, un flujo continuo de cuerpos en movimiento y stage dives cayendo como lluvia, sin tregua y sin cálculo, convirtiendo la Sala Metrónomo en un solo pulso colectivo.
El tramo final no ofreció descanso ni concesiones. Lejos de construir un clímax artificial, Terror optó por mantener la misma lógica que gobernó toda la noche: seguir empujando hasta que no quedara nada más que entregar. Las últimas canciones cayeron como los últimos golpes de una pelea larga, con la sala completamente rendida pero todavía en movimiento, sostenida más por inercia y convicción que por energía fresca.
El punto más alto llegó, inevitablemente, con "Keepers of the Faith". Lo que ocurrió entonces fue menos un cierre que una última explosión colectiva: un grupo enorme se volcó sobre el escenario, armando una especie de segunda cancha en la tarima, cuerpos amontonados cantando al unísono cada línea. No hubo distancia entre banda y público, solo una masa compacta gritando el mismo mensaje. Vogel, visiblemente sorprendido, observó por momentos la escena con una mezcla de incredulidad y respeto, reaccionando ante un nivel de entrega que dejó claro que el público chileno no estaba ahí para mirar.
Sin discursos largos ni despedidas forzadas, el show se cerró como había comenzado: con gestos breves, miradas cómplices y la sensación de haberlo dado todo. Cuando el sonido se cortó y las luces comenzaron a volver, la Sala Metrónomo quedó convertida en un campo de cuerpos agotados, camisetas empapadas y respiraciones agitadas. Afuera, el aire de la noche golpeó como un recordatorio brutal de que todo había terminado quizás demasiado rápido. Pero algo había quedado claro, el regreso de Terror fue uno de esos shows que se recuerdan no por la prolijidad ni por el espectáculo, sino por la experiencia compartida, por el desgaste físico y la certeza de haber sido parte de algo hecho para devotos del hardcore más puro y duro.
Setlist Terror
One With the Underdogs
Spit My Rage
Stick Tight
Boundless Contempt
Return to Strength
Lowest of the Low
Always the Hard Way
Can’t Help but Hate
Pain Into Power
Overcome
You’re Caught
The 25th Hour
Keep Your Mouth Shut
Keepers of the Faith
Reseña por René Canales
Fotos por Antonia Bisso




