Quienes seguimos de cerca la escena hardcore desde hace tiempo hemos sido testigos de un fenómeno que, no hace tantos años, parecía improbable: cómo bandas históricas, largamente inalcanzables, han comenzado a acercarse de forma sostenida a nuestro continente. Latinoamérica, y en particular Chile, lleva años construyendo una cultura sólida, intensa y en expansión alrededor del hardcore y sus múltiples desvíos. Ese crecimiento no solo ha fortalecido la escena local, sino que también ha abierto la puerta a sueños que durante décadas parecían demasiado lejanos para siquiera formularse.
Los ejemplos sobran. Gorilla Biscuits, Cro-Mags, Cap’n Jazz, Refused. Nombres fundamentales que durante años habitaron el terreno de lo mítico y que, contra todo pronóstico, terminaron tocando en esta parte del mundo. Bandas distintas entre sí, pero unidas por una misma condición: eran importantes, muy esperadas y, por mucho tiempo, derechamente imposibles. Hasta que dejaron de serlo.
Sin embargo, existe otro grupo de bandas que permanece aún más fuera del radar. Proyectos que quedaron suspendidos en el tiempo, que llevan décadas fuera del circuito, o cuyo estatus es tan de culto que nunca parecieron compatibles con la lógica de giras, tickets y métricas. Orchid pertenece a esa categoría. Los oriundos de Massachusetts cargan con una mística particular, una suerte de leyenda subterránea que, en otro contexto, los ubicaría al nivel de bandas enormes. Pero el screamo nunca fue un género para estadios. Sí, en cambio, para espacios como Sala Metrónomo.
Metrónomo se ha consolidado con los años como un punto neurálgico del underground local: un lugar apropiado por distintas escenas, donde lo popular dentro del circuito encuentra su hogar sin perder cercanía ni crudeza. Que Orchid tocara ahí no solo tenía sentido; era, probablemente, la única forma correcta de que ocurriera.
Si a mi yo adolescente le hubieran dicho que Orchid tocaría en Chile —y que lo haría con un show a tablero vuelto— la reacción habría sido inmediata: incredulidad, seguida de una risa casi defensiva. ¿Orchid se reunió? ¿En Chile? La banda seminal del screamo noventero llevaba más de veinte años separada. Pensar que podrían salir de su tumba, sostener un tour latinoamericano y, además, agotar fechas, contradice cualquier noción básica de normalidad.
Conocí a Orchid alrededor de 2015, gracias a un post de Facebook en el que una amistad virtual invitaba a escuchar Lights Out!. Me atrapó de inmediato, incluso antes de darle play, la consigna de la portada: Dance Tonight! Revolution Tomorrow!. Una frase que terminó tatuada en mi antebrazo y que marcó un punto de no retorno en mi relación con el under. Lo que jamás imaginé es que ese recorrido terminaría llevándome a gritar esas mismas palabras en vivo, junto a ellos.
Es desde ese lugar —entre la incredulidad persistente y la emoción desbordada— que intento escribir esta crónica. No como ejercicio de distancia, sino como el registro de una experiencia que, hasta ayer, no cabía ni siquiera en mis sueños más locos.
Desde temprano, el ambiente fuera del recinto era pura ansiedad acumulada. Una fila que rara vez se forma para este tipo de instancias se extendía con una densidad inusual, marcada por una heterogeneidad de público que sorprendía tratándose de una banda que, hasta hace no tanto, apenas sumaba miles de reproducciones en el grueso de su discografía. Las diferencias generacionales eran evidentes y protagónicas: adolescentes, personas ya entradas en la adultez y, por supuesto, quienes pueden decir con propiedad que conocieron a Orchid cuando internet aún no era el repositorio omnipresente que hoy damos por sentado.
La escena era, para muchos, un verdadero abrir de ojos. Una banda sin difusión exagerada, sin maquinaria promocional ni estándares fuera de lo común, había logrado congregar una masa considerable de personas unidas por un mismo mensaje, abarrotando la entrada para lo que ya se intuía como una jornada histórica. Esa fue, quizás, una de las sorpresas más grandes de la noche incluso antes de que sonara una sola nota.
Otro detalle llamaba la atención: la cantidad de personas vistiendo poleras de Orchid. Algo que, en otros contextos, suele evitarse casi como regla no escrita, aquí parecía funcionar como una especie de código compartido. Afuera del local se respiraba una etiqueta propia, una necesidad de reconocerse entre pares, de reforzar la épica del momento a través de la indumentaria. Cada polera era un gesto de complicidad, una forma de darle cuerpo a la convocatoria y de decir, sin palabras, estamos acá por lo mismo.
Todos bajo ese mismo paraguas de ansiedad y esperanza, aunque atravesados por una sensación difícil de sacudir: la vaga idea de que tal vez todo podía tratarse de una broma pesada. Porque, incluso con la fila avanzando y las puertas a punto de abrirse, todavía resultaba difícil de creer lo que estaba por suceder.
La jornada arrancó temprano con el número local a cargo de Cienfuegos. La banda nacional lleva años dentro de la escena, revitalizando lo que alguna vez fue la vieja gloria del screamo chileno. Con un trabajo profundo y una propuesta compositiva sólida, anclada en lo mejor de las distintas escuelas del género —material que fácilmente podría haber formado parte del catálogo de Ebullition Records en su mejor momento—, el cuarteto se presentó ante una Sala Metrónomo que, a esa hora, lucía aproximadamente a la mitad de su capacidad.
Lejos de sentirse como un trámite, el show de apertura fue una declaración de principios. Un set pensado para quienes llevaban años esperando una fecha de este calibre. El público respondió a la altura, reconociendo el mérito de los locales al abrir el concierto de la banda más importante del género, mientras Cienfuegos devolvía el gesto con humildad y memoria histórica.
Desde el escenario, la banda fue explícita en reconocer que estaba ahí parada sobre hombros de gigantes, agradeciendo a nombres fundamentales de la escena nacional como Valderrama, Revolte, Niño Symbol Oh! y Roboteam. No como una lista forzada, sino como un gesto honesto de gratitud y continuidad. Lo suyo fue tanto un agradecimiento como un homenaje, dejando a los presentes —especialmente a los más jóvenes— con tarea para la casa y con energía de sobra para lo que vendría.
Uniform era la novedad de la jornada. Hace aproximadamente dos meses se anunció que acompañarían a Orchid en el marco del The Doom Loop World Tour, y para muchos la noticia fue tan gratificante como la principal. Algo así como cuando en Navidad te regalan la consola y, además, viene con juegos incluidos: una suma que nadie pidió, pero que termina siendo excepcional.
La música de los neoyorquinos dista en estilo de la propuesta de los oriundos de Boston, pero la intensidad es la misma. Un noise rock operativo, áspero y estruendoso que se devoró el mosh pit en cuestión de minutos y calibró la jornada en la frecuencia exacta que la noche requería. Sin concesiones ni pausas innecesarias, el show cumplió su función con precisión quirúrgica.
Con solo dos miembros sobre el escenario —guitarra y voz—, el set se extendió por poco más de veinte minutos convertidos en un verdadero festival del ruido, alcanzando picos de volumen y tensión notables. Uno de los momentos más altos llegó con el cover de Symptom of the Universe, el clásico de Black Sabbath, que sin mayor esfuerzo puso a moverse cabezas, puños y glándulas sudoríparas por igual.
Con un público que ya no distinguía entre ansiedad e impaciencia, los griteríos comenzaron a repartirse desde cada extremo de la sala incluso antes de que ocurriera algo propiamente tal. El número protagónico estaba listo para arrancar. Orchid hizo su primera aparición en el escenario sin anuncio ni ceremonia, subiendo ellos mismos a montar su equipo. Fue apenas un tanteo técnico, un ajuste mínimo, pero bastó para que la Sala Metrónomo estallara en vítores y súplicas desesperadas por el inicio del espectáculo. La expectativa ya no cabía en el cuerpo.
No hubo que aguantar mucho más. Cerca de las 21:30, luces fuera y acción: es hora de bailar. Una música de marcha comenzó a sonar mientras, de fondo, se proyectaban gráficas icónicas asociadas a la banda: imágenes centrales de su discografía y consignas políticas que funcionan casi como ADN del proyecto. Entre ellas, la más esperada: “Death to the fascist insect that preys upon the life of the people!”, lema originalmente utilizado por el Ejército Simbionés de Liberación durante los años setenta, reapropiado aquí como declaración frontal y sin ironía. La banda tomó posiciones con los brazos en alto, sin mediar palabra.
La introducción escalofriante de Le Désordre, C’est Moi marcó el punto de no retorno. Apenas cayó el primer golpe, todo se precipitó hacia abajo como si un banderillero diera inicio a una carrera de NASCAR, solo que en lugar de autos eran cuerpos chocando entre sí, volando unos sobre otros, perdiendo pie y volviendo a levantarse. No hubo progresión ni aviso previo: el impacto fue inmediato, seco, imposible de esquivar. El primer grito no vino exclusivamente desde el escenario ni desde el público; emergió de la colisión entre ambos. Una masa indistinguible donde voz, ruido y cuerpo dejaron de tener fronteras claras. Esa fue la tónica que siguió.
Hay una trampa recurrente en la forma en que se ha contado la historia del hardcore y sus derivaciones más extremas: asumir que el volumen, la velocidad y la violencia sonora son equivalentes a una carencia de contenido. Como si el grito fuese un síntoma de vacío y no —en ciertos casos— una forma desesperada, pero lúcida, de pensamiento. Lo que estaba ocurriendo esa noche en Sala Metrónomo desmentía esa caricatura con una claridad incómoda. Orchid emerge precisamente como una negación frontal de esa lectura simplista. No porque haya suavizado el género, sino porque lo empujó hacia un terreno donde el ruido dejó de ser mera descarga para convertirse en posición.
Esa posición se sostuvo sin fisuras durante todo el set. La velocidad intacta, al igual que el modus operandi de la banda: rápido, directo y de corrido. Sin pausas innecesarias, apenas los respiros mínimos que exige un evento de este calibre. Cuando hubo palabras, no fueron para rellenar. Jayson Green utilizó esos breves silencios para lanzar plática política: un explícito Fuck ICE y un llamado a la solidaridad con la resistencia global frente al avance del fascismo y sus distintas formas de crueldad. Nada de consignas tibias ni nostalgia militante: discurso anclado en el presente, urgente, incómodo.
La cercanía de Green con el público fue otro elemento clave. Defendiendo abiertamente el derecho de las personas a estar sobre el escenario junto a él, se generó una tensión constante con el personal de seguridad, empeñado en bajar a quienes se encaramaban buscando el stage dive perfecto o, simplemente, un gesto cómplice del vocalista. Esa disputa —casi coreografiada— entre control y desborde se convirtió en parte del espectáculo, reforzando la idea de que Orchid no entiende el escenario como pedestal, sino como espacio compartido.
Los temas de Orchid son breves, eso lo sabemos. Lo sorprendente es que todos evoquen la misma intensidad profunda, sin que el set pierda fuerza en ningún momento. En cerca de una hora, la banda disparó casi treinta canciones, construyendo una avalancha ininterrumpida donde cada pieza funcionó como golpe autónomo y, al mismo tiempo, como parte de un cuerpo mayor. Desde Le Désordre, C’est Moi y Aesthetic Dialectic, pasando por himnos inevitables como Lights Out, Destination: Blood! o Don’t Rat Out Your Friends, hasta segmentos particularmente incendiarios como Invasion U.S.A., We Love Prison o I Am Nietzsche, el repertorio fue una demostración de coherencia más que de exhaustividad.
Momentos como Amherst Pandemonium, con su riff de cierre demoledor, cercano al metalcore de su época, Anna Karina o …And the Cat Turned to Smoke terminaron de sellar la idea de que no se trataba de una banda simplemente “volviendo a tocar”, sino de un proyecto que aún opera bajo la misma lógica de urgencia que lo definió en su origen. No hubo concesiones al formato ni gestos de comodidad: cada canción fue ejecutada como si fuera la última, con la convicción intacta y el cuerpo entregado al colapso.
Recién entonces se hizo evidente otro elemento inesperado: la respuesta del público. Las melodías comenzaron a ser coreadas de forma colectiva, con una precisión y una fuerza que remitían más a una hinchada de fútbol que a los códigos habituales del género. No eran gritos desordenados ni acompañamientos esporádicos, sino coros sostenidos que, en más de una ocasión, empujaron la energía desde la sala hacia el escenario, invirtiendo momentáneamente el flujo habitual del espectáculo. Las miradas cómplices y sonrisas incrédulas entre los músicos dejaban claro que aquello no era lo que esperaban encontrar al otro lado del continente.
La confirmación llegaría más tarde, cuando el bajista de la banda publicó en Instagram que Chile lo había hecho sentir “como si estuviera tocando en Iron Maiden”. Una comparación desmedida solo en apariencia: pues lo que se vivió fue, efectivamente, una comunión masiva, una entrega coral capaz de trasladar el imaginario de estadio al corazón de una escena históricamente pequeña, subterránea y reticente al espectáculo grandilocuente.
Hacia finales del show, en uno de los pocos momentos de pausa, la banda tomó el micrófono para decir algo que terminó de sellar la noche: que los comentarios en su cuenta de Instagram pidiendo que vinieran habían surtido efecto, que los habían sorprendido y que no imaginaban lo que estaban viviendo ni en sus sueños más delirantes. La confesión no sonó a frase hecha ni a gesto de cortesía; fue un reconocimiento honesto de que esa distancia histórica entre mito y realidad, entre banda y periferia, se había acortado por insistencia colectiva.
Lo que ocurrió esa noche fue el encuentro entre una banda que nunca pensó volver y una escena que nunca dejó de llamarla. Una sincronía que pocas veces se ve, y que solo algunos espacios como el hardcore puede traerlos a la vida. Y cuando eso sucede, aunque sea por una hora, vemos que nuestros sueños más locos pueden dejar de serlo.
Orchid Setlist
Le Désordre, C’est Moi
Aesthetic Dialectic
Lights Out
A Visit From Dr. Goodsex
Destination: Blood!
The Action Index
Don’t Rat Out Your Friends
Loft Party
I Wanna Fight
Framecode
Epilogue of a Car Crash
Ding Dong Dead
Invasion U.S.A.
Tigers
Weekend at the Fire Academy
Trail of the Unknown Body
New Ideas in Mathematics
Death of a Modernist
We Love Prison
Eye Gouger
None More Black
Amherst Pandemonium (Part 1)
Amherst Pandemonium (Part 2)
She Has a Cold, Cold Heart
New Jersey vs. Valhalla
Anna Karina
I Am Nietzsche
…And the Cat Turned to Smoke
Reseña por René Canales
Fotos por Cristián Belano
