Metal Beer Festival: Calor y legado eterno en el Caupolicán

René Canales19 de enero de 2026



El Metal Beer no fue un festival cómodo. Fue caluroso, apretado, ruidoso y por momentos impuntual. Pero fue, sobre todo, metal en estado primario, de ese que no pide permiso ni pretende ser amable. El sábado 18 de enero, el Teatro Caupolicán se transformó en una caldera humana que fue llenándose a medida que avanzaba la jornada, hasta quedar definitivamente tomado por una mezcla generacional de camisetas gastadas, cuerpos en colisión y cerveza compartida entre colegas.

El calor era brutal. El recinto estaba abarrotado cuando llegaron las bandas de peso, con un sonido generalmente sólido y una iluminación excelente, aunque los detalles técnicos se hicieron notar especialmente en los números locales. Nada grave, pero sí suficiente para marcar diferencias. La barra respondió bien —detalle no menor en un festival que se llama Metal Beer— y permitió capear la espera, que hacia el final se alargó más de la cuenta.




La apertura estuvo a cargo de Amnesia Eterna, la banda que muchos querían ver, aunque no tantos alcanzaron a hacerlo. Una lástima. De todas las agrupaciones nacionales, fue sin duda la que mejor sonó. Thrash metal de la vieja escuela, ejecutado con una actitud poderosa, profesional, sin adornos innecesarios. En pocos minutos dejaron claro que están para escenarios grandes, aunque esta vez el público aún estaba llegando. Los que estuvieron, lo saben.

Luego vino Kithrone, con un inicio accidentado por fallas en la conexión del guitarrista y vocalista. El desfase técnico enfrió el ambiente y, aunque el show logró encauzarse, la propuesta no terminó de despegar. Un black metal teatral, apoyado en estética y maquillaje, pero con recursos musicales limitados más allá del impacto visual. En comparación con Amnesia Eterna, el contraste fue evidente, y el público escaso no ayudó.




El ánimo volvió a subir con Metakiase, llegados desde Pucón con una propuesta fresca: crossover groovero, bien ejecutado, con actitud y energía real. Sonido sólido, presencia escénica y una vibra que logró levantar rápidamente el festival tras el traspié anterior. Fue el punto de inflexión que empezó a encender el Caupolicán de verdad.

Dorso fue el cierre del bloque nacional y la primera gran pisada fuerte de la noche. Experiencia, oficio y estatus mítico. El setlist fue diverso y bien recibido, y al ritmo de Pera Cuadra y compañía se abrieron los primeros mosh pits serios de la jornada. Con una próxima reedición de Disco Blood en el horizonte, Dorso hizo lo que mejor sabe: afirmar su legado sin nostalgia vacía y entregar el pase de antorcha a las bandas internacionales con autoridad.




Lo que vino después fue destrucción, en el sentido más literal de la palabra.


Destruction salió al escenario como una máquina demoledora, sin espacio para respirar. Clásicos y material más reciente fluyeron como gasolina arrojada sobre una brasa infernal. Durante cerca de una hora y media, los alemanes mantuvieron al público en combustión constante, sin tregua, con velocidad pura y agresividad visceral. Un setlist que podría levantar muertos, acompañado de una energía innagotable por parte del público asistente que no se cansó de correr y machacar, marcando el pulso de una jornada que ya estaba en su punto más alto.




Pero lo que vino después fue otra cosa. Death To All no es una banda tributo. Es un acto de memoria viva. Y eso se sintió desde el primer segundo.

Cuando las luces anunciaron su salida, la locura fue absoluta. Era evidente que esta era la razón de un Caupolicán repleto en una noche sofocante. El mismo recinto que Chuck Schuldiner llenó hace casi cuatro décadas volvía a ser testigo de su legado, esta vez en manos de quienes lo construyeron junto a él: Steve Di Giorgio, Gene Hoglan y Bobby Koelble, acompañados por el talento prodigioso de Max Phelps, quien asumió el desafío con respeto y convicción.

El set fue especial: Spiritual Healing y Symbolic como ejes, con una selección de clásicos que hicieron del show una auténtica peregrinación para devotos. Desde el intro de Infernal Death, con una bandera en el pit que lo decía todo —Chuck is here—, el viaje fue total.



Canción tras canción, se desplegó una travesía histórica: Living Monstrosity, Lack of Comprehension, Zombie Ritual, The Philosopher, Symbolic, Crystal Mountain, Perennial Quest, entre muchas otras. No era nostalgia: era presencia. Temas interpretados por músicos que estuvieron ahí, que los tocaron cuando aún estaban siendo escritos, cuando el death metal se estaba inventando a sí mismo.

Decir que fue mágico puede sonar cliché, pero hubo algo profundamente conmovedor en ver a generaciones completas cantando y chocando cuerpos al ritmo de una música que nunca envejeció. No estuve en 1998, y sería injusto fingir que esto fue lo mismo. Pero sí fue, probablemente, lo más cerca que estaremos jamás de volver a ver a una de las bandas más importantes de la historia del metal extremo.


 

El encore cerró como debía: Spirit Crusher y Pull the Plug. Sin discursos largos. Sin artificios más que las bengalas del público. Solo música, sudor y memoria.

El Metal Beer no fue perfecto. Pero fue real. Y en tiempos de festivales pulcros y experiencias calculadas, eso vale más que cualquier comodidad.


Destruction – Setlist

Curse the Gods

Invincible Force

Nailed to the Cross

Scumbag Human Race

Mad Butcher

Life Without Sense

Diabolical

Total Desaster

No Kings No Masters

A.N.G.S.T.

The Butcher Strikes Back

Antichrist

Eternal Ban

Destruction

Bestial Invasion

Thrash ’Til Death

 

Death To All – Setlist

Infernal Death (intro)

Living Monstrosity

Defensive Personalities

Lack of Comprehension

Altering the Future

Zombie Ritual

The Philosopher

Spiritual Healing

Symbolic

Zero Tolerance

Empty Words

1,000 Eyes

Without Judgement

Crystal Mountain

Misanthrope

Perennial Quest

Spirit Crusher

Pull the Plug


Reseña por René Canales 

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