En una escena donde el rock duro todavía tenía un color uniforme y un discurso predecible, Living Colour apareció como una anomalía imposible de ignorar. No solo por su potencia sonora, sino porque su sola existencia ya era una declaración política. A finales de los 80, cuando el metal miraba hacia la técnica y el exceso, y el hard rock hacia la pose, esta banda neoyorquina decidió hacer algo más peligroso: pensar en voz alta con el amplificador al máximo.
Desde Vivid (1988), la agrupacion afroamericana dejó claro que lo suyo no era un experimento pasajero. Funk, metal, jazz, punk y soul convivían como partes de un mismo idioma, no como un collage oportunista. Aquello sonaba afilado, urbano, tenso. Sonaba real. Mientras otros hablaban de rebeldía desde la estética, ellos la ejercían desde el contenido, cuestionando el poder, la identidad y el lugar que el rock había decidido reservar (o negar) a ciertas voces. Living Colour no encajaba en ningún casillero cómodo. Y eso, para la industria, siempre fue un problema.
1. Vernon Reid y el caos como método
Hablar de Living Colour sin detenerse en Vernon Reid es quedarse en la superficie. Su guitarra no está diseñada para agradar ni para ser consumida pasivamente: interroga, provoca y desarma. Reid entiende el instrumento no como una vitrina de virtuosismo, sino como un espacio de fricción. Cada riff, cada quiebre y cada disonancia parecen responder a una lógica interna que desafía la linealidad clásica del rock y del metal.
En su forma de tocar conviven múltiples tradiciones: la expresividad incendiaria de Hendrix, la libertad estructural del free jazz, el pulso urbano del funk, el ruido como lenguaje heredado del noise y la distorsión como gesto político. Pero más que influencias, lo que define a Reid es su capacidad de hacerlas chocar. No las ordena para que suenen correctas; las superpone para que generen tensión. Construye paisajes sonoros inestables, fragmentados, que obligan al oyente a mantenerse alerta. Su guitarra no avanza en línea recta: zigzaguea, tropieza, se repliega y vuelve a atacar. Es una guitarra que piensa mientras toca, que duda, que discute consigo misma. En ese sentido, su sonido se parece más a una ciudad en permanente conflicto que a una postal heroica del rock clásico.
2. Su mayor hit, ¿fue un problema?
La gira “The Best of 40 Years” no celebra una cifra: reafirma una postura. En un mundo nuevamente fracturado, donde el ruido abunda pero el contenido escasea, si el concierto se materializa bajo esa lógica, el setlist funcionaría más como manifiesto que como retrospectiva. Es posible imaginar una apertura con “Open Letter (To a Landlord)”, estableciendo desde el inicio que no se trataría de nostalgia, sino de confrontación directa. “Middle Man” podría profundizar ese clima denso, mientras “Type” y “Glamour Boys” aportarían el groove y la ironía necesarios para recordar que el cuerpo también puede ser un espacio de resistencia.
La banda se estará presentando este 3 de marzo en el Teatro Teletón, entradas disponibles través de eventrid.cl