Living Colour: el ruido que incomodó al sistema

Vicente Stuardo14 de enero de 2026




En una escena donde el rock duro todavía tenía un color uniforme y un discurso predecible, Living Colour apareció como una anomalía imposible de ignorar. No solo por su potencia sonora, sino porque su sola existencia ya era una declaración política. A finales de los 80, cuando el metal miraba hacia la técnica y el exceso, y el hard rock hacia la pose, esta banda neoyorquina decidió hacer algo más peligroso: pensar en voz alta con el amplificador al máximo.

Desde Vivid (1988), la agrupacion afroamericana dejó claro que lo suyo no era un experimento pasajero. Funk, metal, jazz, punk y soul convivían como partes de un mismo idioma, no como un collage oportunista. Aquello sonaba afilado, urbano, tenso. Sonaba real. Mientras otros hablaban de rebeldía desde la estética, ellos la ejercían desde el contenido, cuestionando el poder, la identidad y el lugar que el rock había decidido reservar (o negar) a ciertas voces. Living Colour no encajaba en ningún casillero cómodo. Y eso, para la industria, siempre fue un problema.

1. Vernon Reid y el caos como método

Hablar de Living Colour sin detenerse en Vernon Reid es quedarse en la superficie. Su guitarra no está diseñada para agradar ni para ser consumida pasivamente: interroga, provoca y desarma. Reid entiende el instrumento no como una vitrina de virtuosismo, sino como un espacio de fricción. Cada riff, cada quiebre y cada disonancia parecen responder a una lógica interna que desafía la linealidad clásica del rock y del metal.

En su forma de tocar conviven múltiples tradiciones: la expresividad incendiaria de Hendrix, la libertad estructural del free jazz, el pulso urbano del funk, el ruido como lenguaje heredado del noise y la distorsión como gesto político. Pero más que influencias, lo que define a Reid es su capacidad de hacerlas chocar. No las ordena para que suenen correctas; las superpone para que generen tensión. Construye paisajes sonoros inestables, fragmentados, que obligan al oyente a mantenerse alerta. Su guitarra no avanza en línea recta: zigzaguea, tropieza, se repliega y vuelve a atacar. Es una guitarra que piensa mientras toca, que duda, que discute consigo misma. En ese sentido, su sonido se parece más a una ciudad en permanente conflicto que a una postal heroica del rock clásico.

2. Su mayor hit, ¿fue un problema?

Cult of Personality” se convirtió en un éxito global casi de manera paradójica. El riff era demasiado poderoso para ignorarlo, el groove demasiado contagioso para no corearlo, y el estribillo demasiado directo para no quedarse en la memoria colectiva. Sin embargo, su masividad fue también una ironía: muchos celebraron la canción sin escuchar su advertencia.

Lejos de ser un himno de adoración, “Cult of Personality” es una disección del poder. La letra no exalta al líder, al mesías ni al salvador carismático: los expone. Living Colour utilizó citas de figuras históricas y políticas para evidenciar cómo el discurso, la imagen y la retórica pueden convertirse en herramientas de manipulación. En plena era MTV, lograron infiltrar una crítica feroz camuflada de hit radial, algo que el sistema rara vez tolera por mucho tiempo.

El problema es que el sistema suele apropiarse del envoltorio y descartar el contenido. El riff se volvió icónico, el videoclip rotó sin descanso y la canción escaló rankings, pero el mensaje (incómodo, directo y profundamente político) quedó muchas veces diluido en el consumo rápido. El éxito de “Cult of Personality” no confirmó una integración cómoda de Living Colour en la industria; más bien evidenció la tensión constante entre una banda que quería decir algo y un engranaje que prefería vender algo.

Con el paso del tiempo, “Cult of Personality” dejó de ser solo una canción emblemática para convertirse en una advertencia permanente. En un mundo que sigue rindiendo culto a figuras mesiánicas, líderes mediáticos y discursos simplificados, su mensaje no envejeció: se volvió más vigente. Y ahí radica la incomodidad real. Porque cuando un hit sobrevive a su contexto y sigue señalando las mismas fallas del sistema, deja de ser un éxito circunstancial y se transforma en un espejo que nadie quiere mirar demasiado de cerca.

La gira “The Best of 40 Years” no celebra una cifra: reafirma una postura. En un mundo nuevamente fracturado, donde el ruido abunda pero el contenido escasea, si el concierto se materializa bajo esa lógica, el setlist funcionaría más como manifiesto que como retrospectiva. Es posible imaginar una apertura con “Open Letter (To a Landlord)”, estableciendo desde el inicio que no se trataría de nostalgia, sino de confrontación directa. “Middle Man” podría profundizar ese clima denso, mientras “Type” y “Glamour Boys” aportarían el groove y la ironía necesarios para recordar que el cuerpo también puede ser un espacio de resistencia.

La banda se estará presentando este 3 de marzo en el Teatro Teletón, entradas disponibles través de eventrid.cl







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