Antes de que el thrash metal fuera una etiqueta en Spotify, antes de que los festivales usaran drones y vendieran cervezas artesanales con nombres como “Hop Slayer IPA”, Exodus ya estaba ahí como un pilar fundamental del estilo. Fundados en 1979, fueron una de las bandas pioneras del género, moldeando un sonido que emergía con furia desde el Bay Area californiano, entre garajes sucios, bares de mala muerte y flyers hechos a mano con dibujos pútridos y horribles. Y al centro de todo este caos, estaba Paul Baloff, no como un simple vocalista, no como una anécdota pasajera, si no que como un torbellino humano de energía, odio sonoro y amor absoluto por el metal más auténtico.
Cuando escuchas "Bonded by Blood" (1985), no solo oyes un disco debut. Oyes una declaración de principios. Mientras otras bandas aún buscaban su identidad o jugaban a mezclar el glam con distorsión, o refinar su sonido con más técnica, Exodus, liderados por la guitarra afilada de Gary Holt y los alaridos de Baloff, escupían un thrash directo, sin maquillaje, sin perdón, sin diplomacia.
Baloff no cantaba: escupía frases como si cada palabra le costara un trozo de su alma. Su estilo no tenía técnica tradicional, pero sí toneladas de actitud. Su interpretación en temas como Piranha, A Lesson in Violence y la propia Bonded by Blood es pura rabia encarnada, más punk que el punk, y más metal que el metal.
Pero lo de Baloff no fue solo un aporte en lo musical, si no que en la cultura y el corazón del thrash, tal como se retrata en el documental "Murder in the Front Row" (2019), Paul Baloff fue uno de los personajes más influyentes y excéntricos del Bay Area. No solo por su desempeño escénico, sino por la forma en que moldeó el código moral no oficial del thrash: honestidad, brutalidad y cero tolerancia al "metal de cartón".
Fue él quien popularizó el término “poser”, usándolo contra todo lo que no considerara real. Y no se quedaba en palabras: si te veía con una camiseta de Mötley Crüe o cualquier banda que oliera a laca, maquillaje y lentejuelas, te la rompía sin pensarlo dos veces, incluso a mitad del show. Según testigos de la época, no era raro ver a Baloff saltar del escenario y arrebatarle la polera a alguien entre el público, para luego abrazarlo como símbolo de haberlo liberado de su mal gusto musical, y seguir cantando como si nada.
Pero Paul Baloff no era solo un salvaje de escenario. También era un tipo con una memoria enciclopédica del heavy metal, con una pasión genuina por la música y una devoción casi religiosa por sus bandas favoritas. Podía hablar por horas sobre grupos oscuros de la NWOBHM (New Wave of British Heavy Metal) o los primeros demos de Slayer. En los shows, siempre estaba al frente, incluso cuando no cantaba. Si no era el vocalista, era el fan número uno. Era parte del público y del escenario a la vez, y eso fue parte de lo que hizo tan grande al movimiento del thrash.
Entre anécdotas más conocidas, está el hecho de que vivía con músicos, dormía en el suelo, y asistía a todos los conciertos posibles, incluso cuando no tenía cómo pagar. A veces entraba por la fuerza. A veces lo dejaban entrar gratis porque simplemente era Paul Baloff, una leyenda viviente que nadie se atrevía a ignorar.
Tras su salida de Exodus en 1987 (por problemas con el sello y su... llamémosle "inestabilidad funcional"), Baloff siguió vinculado a la escena. Regresó a la banda en los 90, grabó el álbum en vivo "Another Lesson in Violence" (1997), y preparaba una nueva etapa para la banda, cuando trágicamente, sufrió un derrame cerebral masivo en 2002, falleciendo a los 41 años.
Su muerte dejó un vacío enorme. No solo por su lugar en la banda, sino porque era uno de los últimos representantes de un tipo de metalero que ya no se fabrica: pasionales, intensos, sin filtros, sin redes sociales ni branding personal. Solo puro amor por la música y el deseo de destruir tímpanos a punta de honestidad.
Este 2025, Exodus vuelve a Chile celebrando los 40 años de "Bonded by Blood" (1985), y lo hace con Rob Dukes al micrófono. Y aunque Dukes representa una era más moderna —más técnica, más controlada— su regreso también es un homenaje a esa energía rabiosa que Baloff encarnó, ya que se acerca mucho más que Zetro, con un estilo cercano al Hardcore. Después de todo, fue con Dukes que la banda regrabó su disco debut bajo el nombre de "Let There Be Blood" (2008), una reinterpretación feroz que, sin intentar reemplazar a Baloff, mantuvo viva la llama del thrash más visceral.
Es por esto que la cita del sábado 11 de octubre, en el Teatro Cariola, será más que un imperdible, ya que es una oportunidad única de ver a la banda desatando todo su poder, con una formación de lujo. Aún quedan algunas entradas a la venta, a través de sistema Ticketplus.