Brujería: Un machetazo a la convulsión del mundo

René Canales23 de septiembre de 2025


En tiempos donde la violencia, el racismo y la desigualdad marcan el pulso de las sociedades, pocas bandas han logrado articular esa crudeza con tanta coherencia como Brujería. Surgidos en 1989 en Los Ángeles, con raíces mexicanas y espíritu fronterizo, Brujería fue desde el inicio una anomalía: un colectivo de músicos consagrados en otras bandas de renombre que decidieron cantar en español y poner sobre la mesa lo que nadie quería escuchar.

La escena extrema de finales de los ochenta, dominada por el inglés y por temáticas alejadas de la realidad latinoamericana, Brujería irrumpió con letras explícitas sobre narcotráfico, violencia policial, migración y política. Era un espejo deformado y brutal de la vida cotidiana en México y de las tensiones que sufrían las comunidades latinas en Estados Unidos. Su propuesta fue tanto musical como performática: un anonimato cuidadosamente cultivado, seudónimos oscuros y portadas que desafiaban los límites de lo tolerable.

El primer álbum, Matando Güeros (1993), fue más que un debut: fue una declaración de guerra. Con su portada sangrienta —una cabeza decapitada que se transformó en el emblema Coco Loco—, el disco condensaba la estética del exceso, pero también una crítica política disfrazada de brutalidad. Mientras las autoridades y la prensa lo calificaban de inmoral, los fanáticos lo adoptaban como un manifiesto de resistencia.

Dos años después llegaría Raza Odiada (1995), quizás su obra más influyente. Con canciones como “La Migra” o “Revolución”, el álbum denunciaba la represión contra migrantes, el conservadurismo estadounidense y la corrupción política mexicana, al mismo tiempo que declaraba abiertamente su apoyo al EZLN. Fue un gesto político que pocos grupos de metal se atrevían a realizar en ese entonces: convertir la música extrema en un altavoz de causas sociales y en un espacio para visibilizar luchas invisibilizadas.

Entre los seudónimos, los cambios de alineación y las múltiples colaboraciones, hay un nombre que sostiene la esencia de Brujería: Juan Brujo. Su voz cavernosa y su figura de líder han sido el eje alrededor del cual gira la banda. No es exagerado decir que Brujería no se entendería sin él.

Juan Brujo no solo encarna al vocalista, sino al narrador de una historia de violencia, sátira y denuncia. Es el personaje que da vida al mito: el brujo que lanza conjuros sonoros contra gobiernos, instituciones y autoridades, el que convierte cada concierto en una misa negra donde se exorcizan las tensiones de una América Latina herida. Con su figura, Brujería se mantiene reconocible pese a los constantes cambios de alineación.

A lo largo de más de tres décadas, Brujería ha construido un discurso donde la provocación es inseparable de la resistencia. Álbumes como Brujerizmo (2000) o Pocho Aztlán (2016) muestran cómo la banda ha sabido actualizarse sin renunciar a su esencia. En este último trabajo, lanzado bajo el sello Nuclear Blast, la agrupación recupera su filo político y su identidad mexicana, en un contexto global marcado por la xenofobia, la militarización y el auge de discursos de odio.

Canciones como “California Über Aztlán” —una reinterpretación de los Dead Kennedys— o “No Se Aceptan Imitaciones” son prueba de que Brujería sigue apuntando contra todo lo que considera enemigo: la homogeneización cultural, el poder económico y político, y las propias divisiones dentro del metal.

En un planeta donde resurgen los autoritarismos, donde la migración se criminaliza y la violencia se normaliza, Brujería mantiene su vigencia. No se trata solo de música extrema: es una forma de resistencia cultural, un recordatorio de que el arte puede incomodar y sacudir conciencias. Mientras muchas bandas optan por el entretenimiento sin aristas, Brujería elige la incomodidad, la polémica y el golpe directo.

Su mensaje no ofrece soluciones fáciles ni discursos conciliadores. Al contrario, insiste en visibilizar lo que se quiere ocultar: la brutalidad, la corrupción, y la violencia estructural. Es ahí donde Brujería conecta con un público que encuentra en sus letras una catarsis y, al mismo tiempo, un reflejo de su propia realidad.

Hoy, con más de tres décadas de historia, Brujería no solo es un nombre de culto en el metal extremo, sino también una de las bandas más singulares en la historia de la música latinoamericana. Desde sus inicios en Los Ángeles hasta sus giras por Europa y América Latina, su influencia se siente en generaciones de músicos que vieron en ellos un ejemplo de cómo el metal puede ser una herramienta política.

En el centro de todo permanece Juan Brujo, figura indispensable y guardián del espíritu original de la banda. Su personaje, a medio camino entre líder ritual y cronista callejero, encarna la resistencia y la furia que han mantenido a Brujería vivo en un mundo cada vez más convulso. Sin embargo, reducirlo todo a su figura sería un error: Brujería es, ante todo, un colectivo que trasciende a cualquier individuo. Es la voz de todas las minorías que han cargado con el peso de la opresión, un eco que resuena desde Chiapas hasta la Araucanía, desde Los Ángeles hasta Santiago.

Al final, Brujería no busca complacer. Su música es una bofetada, un recordatorio de que la brutalidad existe y que el metal también puede ser un grito político. Y en ese gesto radical reside su poder: seguir desafiando al mundo, hoy más que nunca.

Recuerda que Brujería se estará presentando en una nueva edición del Fatal Prediction Fest el próximo 04 de octubre en Teatro Cariola. Venta de entradas a través de sistema TicketPlus.






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