Escribir sobre una leyenda como Patti Smith es un verdadero desafío. Su virtuosismo y la profundidad de su espíritu creativo trascienden cualquier intento de descripción, consolidándola como una de las figuras más influyentes de la generación beat. Su inagotable caudal artístico parece no conocer límites, y capturar su esencia en palabras resulta casi tan monumental como la obra que ha construido a lo largo de su vida.
Desde este rincón del mundo, hemos tenido el privilegio de presenciar algunas de las expresiones más cautivadoras de su carrera. Ya sea a través de su trabajo como escritora prolífica o liderando uno de los proyectos de rock más indomables de la historia, Patti Smith nunca deja de sorprender. Himnos como "Horses" y "Walking Barefoot" son testimonio de su genio, y, a sus casi 80 años, su capacidad de conmover y fascinar permanece intacta, iluminando con destellos de genialidad el panorama artístico actual.
En una era en la que el tiempo y la naturaleza volátil del rock and roll han reducido a muchos a meros ecos de nostalgia, Patti Smith se mantiene como un recordatorio vivo del poder transformador de la creatividad. La generación punk de los años 70, nacida en el legendario y ya extinto CBGBs, ha sabido resistir al paso del tiempo reinventándose constantemente. En esta resistencia, Patti Smith sobresale como un ejemplo brillante de audacia e innovación.
Este espíritu inquebrantable quedó de manifiesto en su reciente regreso a Chile. La poeta maldita de Chicago, hoy una sabia mujer de cabello cano que ha conquistado los corazones chilenos, se presentó el pasado 25 de enero ante un Teatro Coliseo completamente lleno con una propuesta que desafiaba lo convencional. Acompañada por el Soundwalk Collective, liderado por Stephan Crasneanscki, la madrina del punk ofreció Correspondences, un espectáculo que entrelaza poesía con exploraciones sonoras para crear experiencias profundamente evocadoras.
El proyecto combina composiciones que capturan una “memoria sónica” de lugares específicos, incorporando ecos de revolucionarios, artistas y los efectos persistentes del cambio climático. A través de un diálogo íntimo con estas grabaciones, Patti Smith utiliza su voz poética para reflexionar sobre la naturaleza, la historia humana y la creación artística. Una propuesta valiente y compleja, que solo una artista de su calibre puede entregar con tanta honestidad y profundidad, impregnando en todos los sentidos de los asistentes una experiencia inolvidable.
Pasadas las 21:15 horas, el Teatro Coliseo se sumió en un silencio expectante. Tres músicos del Soundwalk Collective tomaron sus lugares en el escenario oscuro, inmóviles como figuras escultóricas, mientras el público, aún buscando su asiento, rompía la quietud con murmullos y aplausos ocasionales. La atmósfera inicial, densa y cargada de anticipación, se rompió al ver aparecer a Patti Smith, guiada por dos asistentes. Su sola presencia desató una ola de vítores y emoción que envolvió la sala.
Desde el primer momento, quedó claro que esta no sería una presentación convencional. Smith y el colectivo apostaron por una experiencia multisensorial que combinaba poesía, paisajes sonoros y visuales. La primera pieza, dedicada a los niños de Chernóbil, marcó el tono de la noche. Las palabras de Smith resonaron con una mezcla de esperanza y melancolía: "God has not abandoned us, we are all he knows. We must have abandoned him." En ese instante, la sala entera pareció contener el aliento, entregándose por completo a la introspección que proponía la madrina del punk.
El diseño sonoro del colectivo destacó por su diversidad e intensidad. Muchos de los sonidos se generaron de manera análoga, evocando texturas orgánicas que se entrelazaban con proyecciones visuales explícitas y autorreferenciales. Otras composiciones, en cambio, tenían una base digital que transportaba al público a paisajes caóticos, frenéticos, casi apocalípticos. Cada sonido y cada imagen dialogaban entre sí, creando una experiencia inmersiva que algunos asistentes disfrutaron con los ojos cerrados, dejando que la riqueza sonora tomara el control de su imaginación.
A lo largo de la noche, Patti Smith se mostró en plena comunión con sus músicos y su público. Entre los temas interpretados, la artista ofreció odas al cambio climático, la guerra y la religión, reflexionando sobre el caos inherente a la naturaleza. En un momento especialmente contundente, exclamó: "Anarchy rules, but not in the way you thought. It’s the chaos of nature." Sus palabras, cargadas de fuerza y convicción, encontraron eco en un público que, en un gesto simbólico, alzó una bandera palestina desde las primeras filas, reforzando el carácter político y crítico de la velada; algo que hacia el final, a la postre de un poema frenético que -entre otras cosas- manifestaba la molestia por el ascenso cada vez más aterrador del fascismo en el mundo entero.
La declamación de poesía fue un espectáculo en sí mismo. Patti Smith brilló con intensidad especial, entregando momentos introspectivos y otros cargados de furia y emoción. Cada poema era una escena bien construida, un pequeño acto teatral en el que la artista no solo recitaba, sino que encarnaba las palabras. El punto más alto de la noche llegó con su poema inspirado en Medea, una pieza que resonó con fuerza tanto por su contenido como por la forma en que Smith la interpretó. Su voz, modulada entre la ira y la vulnerabilidad, cautivó por completo a la audiencia.
Por supuesto, la noche no podía cerrar sin que Patti Smith regalara una interpretación de su emblemático repertorio, acompañada de una sorpresa inolvidable. El momento cumbre de la velada llegó cuando invitó al escenario a Peter Buck, guitarrista y fundador de R.E.M., quien se encontraba entre el público. Juntos interpretaron una versión acústica de "People Have the Power", el himno de protesta que ha inspirado a generaciones. Este instante no solo marcó un hito inesperado en la noche, sino que dejó grabado un nuevo tesoro en la historia compartida entre Smith y su público chileno.
La noche fue una montaña rusa emocional. Desde la quietud inicial hasta los momentos más caóticos y los pasajes más contemplativos, Patti Smith y el Soundwalk Collective ofrecieron una experiencia artística que desafiaba lo tradicional. En el Teatro Coliseo se vivió un encuentro íntimo y conmovedor con una artista que, a sus casi 80 ocho décadas de vida, sigue reinventándose y regalando obras tan profundas como necesarias para múltiples generaciones que necesitan más que nunca un empujón para seguir resistiendo.
Reseña por René Canales
Fotos por Hugo Hinojosa





