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#DeCulto "Kill 'Em All: el primer crimen de los Cuatro Jinetes"


Se me ocurren muchas cosas respecto a Metallica, una banda de la que, a la vez, se ha dicho y más. Desde momentos personales como el haberlos descubierto cuando tenía 8 años, con el disco homónimo –conocido popularmente como el ‘álbum negro’- imponiéndose como el disco de Rock/Metal que la estaba rompiendo en esos años –allá por el ’93, coincidiendo con su primera visita a nuestro país, en un concierto que fue grabado y transmitido por TVN, hasta el martillazo en el cráneo que me provocaron esos bombazos de Metal electrizante y asesino, como lo fueron "...And Justice For All" (1988), “Master Of Puppets” (1986) y “Ride The Lightning” (1984) -sí, en ese orden-, pasando por los recuerdos de colegio que evocan los más hardrockeros "Load" (1996) y "ReLoad" (1997). Pero hubo un disco que terminó por sorprenderme tanto por su visceralidad como por lo que imaginaba respecto al peso de los californianos en el Metal hasta hoy.

Debe ser allá por el 2000, cursando 3ro Medio y recién llegado a Santiago, cuando llega a mis manos una copia en cassette pirata del "Kill 'Em All", cuya portada –fotocopia a color, otros tiempos-, de alguna manera era el reflejo de su contenido. El solo comienzo de “Hit The Lights” no solo fue una sacudida con TEC cerrado, sino también te mostraba una faceta de los cuatro jinetes que poco y nada tenía que ver con las fotos de James Hetfield con pelo corto que coleccionaban mis compañeras de curso que poco y nada tenían que ver con el Metal, allá en los ’90. Para entonces, Megadeth, Slayer, Anthrax, Testament, Suicidal Tendencies, Sepultura, Kreator, Pantera, Machine Head, Cannibal Corpse, Morbid Angel y Fear Factory, entre otras bandas, desfilaban en mi Walkman Sony FX121. Por supuesto, Metallica estaba incluido en mi (corta) selección de Metal en esos años, pero el disco-debut fechado en 1983 fue revelador, pues su sonido visceral y la agresividad que destilaba en cada corte era para no creer. Imagínense cuando vi por primera vez las fotos promocionales de aquella época: cuatro adolescentes enojados, malcarados y con aspecto de de haber pasado una mala borrachera. Casi nada.
Pido disculpas por tomarme de manera tan personal este espacio, pero en estos tiempos donde el demo de la banda más underground de los ’80 lo puedes conseguir con solo un ‘click’, creo que es bueno reivindicar esos momentos cuando te encuentras con un tesoro escondido en el lugar y momento que menos te esperas. Y hasta hoy creo que, tanto la cabalgata furiosa de “Motorbreath” como la puñalada a la yugular de “Phantom Lord” son experiencias sonoras que te marcan en la adolescencia, sobretodo en un ambiente escolar donde pareciera que el futuro está en patearlo todo y descargar tu bronca en un medio donde debes convivir con la presión de los estudios y la hostilidad por parte de compañeros de colegio y profesores cuyos aportes se reducían a prepararte para un futuro poco prometedor.

La historia detrás del disco es más que conocida pero nunca está demás echarle un repaso. En abril de 1983, y con el ingreso del talentoso bajista Cliff Burton, Metallica se alista para grabar su primer disco y, posteriormente, editarlo bajo el sello Megaforce. Sin embargo, el aporte del guitarrista Dave Mustaine como compositor y ‘creador’ del sonido distintivo de la banda –y de todo un género-, se veía empañado por un comportamiento violento que sacaba lo peor de él durante las noches de juerga y alcohol con sus compañeros. Por ende, y temiendo que estas situaciones deriven en algo peor, Lars Ulrich y James Hetfield deciden despedir al futuro líder de Megadeth y contratan a Kirk Hammett, este último proveniente de Exodus, banda de la cual fue su fundador y compositor principal hasta ese momento. Con esta alineación, el 10 de Mayo comienzan las sesiones de grabación en los estudios Music America de Nueva York, bajo la supervisión del productor Paul Curcio, socio del entonces manager Johnny Zazula -dueño y fundador de Megaforce- y cuya labor, a pesar del impacto mediático, significó una experiencia poco satisfactoria para un grupo de adolescentes que no estaba dispuesto a transar sus principios por nada del mundo.
En poco más de 50' de música furiosa, y con una producción "precaria" para los tiempos actuales, "Kill 'Em All" marcó un hito respecto a cómo había que tocar la guitarra y sonar en el Metal de la época. Luego de la oleada Hard Rock que surgía peligrosamente a finales de los '70, la década siguiente amanecía con la irrupción en escena de la New Wave Of British Heavy Metal. Al peso pesado de Judas Priest y Motörhead, y el Rock duro con tintes metálicos de Van Halen, Whitesnake y UFO, se sumaban nuevas agrupaciones de la talla de Iron Maiden, Saxon, Venom, Angel Witch y, sobretodo, Diamond Head, estos últimos decisivos en el sonido que Lars y James querían emular respecto al complaciente Rock americano de la época, específicamente lo que pasaba en Los Angeles.
 Otro elemento a destacar tiene que ver con el ingreso de Cliff Burton, cuando las canciones del disco ya estaban listas para ser trabajadas en el estudio. Es cierto que "Kill 'Em All" tiene un sonido lineal y refleja ese sentimiento de odio e ira con que Metallica de pronto golpeó la mesa cuando se creía que todo estaba hecho. Pero el ejercicio de bajo con distorsión en "Anesthesia (Pulling Teeth)" con que el ex-Trauma se presenta en sociedad también podría considerarse como un adelanto de lo que será el futuro inmediato. Una muestra suprema de virtuosismo, creatividad y, sobretodo, vanguardia en un género que, en su apariencia, no daba espacio a ningún atisbo de melodía.
Del contenido del disco en sí, la apertura con "Hit The Lights" reluce por sí sola. Un comienzo bestial, despiadado y sofocante. Un James Hetfield que "apenas" golpea las cuerdas mientras se desgañita escupiendo esas letras que llaman a mandar todo al carajo. En la batería, Lars Ulrich te enrostra en cada golpe que  esto es un asunto de actitud, nada de destrezas olímpicas ni nada que interfiera en el único propósito: matarlos a todos. En el bajo, Cliff Burton marcando presencia en base a una maestría que hará escuela para las próximas generaciones. Respecto a Kirk Hammett, y pese a la "acusación" del saliente Dave Mustaine por "calcar sus solos", su desempeño nos habla de un guitarrista rico en matices respecto a la orientación 'asesina' de su antecesor, lo cual se verá reflejado en los trabajos futuros.
A "Hit The Lights" le sigue de inmediato "Four Horsemen", originalmente titulada "Mechanix" y rearmada para el LP debut tanto a nivel de letra y título como en estructura, con ese puente donde la velocidad baja en favor del genio y la transgresión sonora. "Choose your fate and die!", no hay otra elección. La cabalgata infernal de "Motorbreath", en tanto, constituye un azote incansable. Una ráfaga de energía desbocada que no sabe de misericordia y ante la cual no hay resistencia que valga. Disminuyendo unos cuantos bpm, "Jump In The Fire" nos permite apreciar con mayor nitidez esa energía que, para 1983, se presentaba como un fenómeno del cual era imposible abstraerse, a la vez que se conformaba como un llamado a cruzar el umbral que separa lo conocido de lo ignoto. Para entonces, Metallica remecía el underground al punto de llamar la atención de otras compañías disqueras de más alcance. Era previsible tratándose de un sonido que rompía con todo lo establecido.
Culminando el lado A del vinilo, una dupleta que daba cuenta del terremoto generado en el 'planeta Metal' de comienzos de los '80: "Anesthesia (Pulling Teeth)", el mencionado solo de bajo con que Cliff Burton expone sus credenciales, para después integrarse a la pandilla que arrasa con todo a su paso en "Whiplash", por lejos el corte más brutal del disco. "Adrenaline starts to flow, you're thrashing all around, acting like a maniac...!"... más puñetero y 'mala leche', imposible. Al mismo tiempo, prueba irrefutable de que Metallica no era un producto, sino el generador de una revolución. Por cierto, a esas alturas del disco, imposible no asombrarse con la capacidad que tenían los californianos de echar fuego y hacer que arda todo. En especial Kirk Hammett, cuya labor como guitarra solista grafica la furia con que debía fluir la música, siempre al ataque y que no haya sobrevivientes.
El inicio de la cara B del disco es un bramido de Hardcore-Punk y Metal sucio al hueso. "Phantom Lord", otro puñetazo al mentón del cual no te puedes reponer sin sus secuelas respectivas. De paso, su riff principal denota la influencia de los eternos Motörhead -¿cuántas bandas y subgéneros estarán en deuda con Lemmy y su pandilla?-, cuál más pendenciero y violento. Cinco minutos exactos de velocidad y vértigo reforzados con la ira juvenil con que Metallica imponía sus términos sin importar si te gusta o no. Algo similar podemos mencionar de "No Remorse", más deudora de la simpleza efectiva de Ramones que del amenazante Heavy Metal británico, pero siempre dejando en claro hacia dónde apunta todo.
En la recta final, nos encontramos con un himno desde su concepción: "Seek and Destroy", una Declaración de Principios por donde se le mire. Quizás el track más "accesible" de la placa pero cuya letra denota la identidad de una agrupación que no busca nada más que destrozar todo lo que se interponga en su camino, algo nada novedoso en estos tiempos pero que, su tiempo, daba cuenta de la peligrosidad que generaban estos cuatro desadaptados que solo se tomaban un descanso para tomarse hasta la molestia. Y para el cierre, otro himno pero menos amable que el anterior: "Metal Militia". Si el arranque con "Hit The Lights" te dejó marcando ocupado, el último track del disco reafirma las intenciones de una banda que no tiene empacho en refregarte a la cara en qué consiste el verdadero Heavy Metal y a su manera. Puedes decir lo que quieras respecto a lo "superficial" e "infantil" de su letra, pero cuando tienes a cuatro jóvenes enojados y con ganas de patearle el culo a todos, mejor arrodíllate y reza tus últimas plegarias. Así de simple.
Cuando el disco se dispone a su edición, la banda tiene en mente el título "Metal Up Your Ass", con la imagen de una taza de W.C. y un cuchillo de metal empuñada por una mano que sale de ésta. Pero los sellos les cierran las puertas, rechazan la idea por ser muy "radical". "Esos malditos sellos discográficos, ¡hay que matarlos a todos!", disparó un Cliff Burton que no se conformaba con la negativa "justificada" por parte de quienes se negaban a contratar a una banda underground que vivía y se expresaba como tal. Lo demás es historia y arte que durante más de tres décadas ha marcado pauta. Y aún lo hace.
Podríamos referirnos al aporte de Dave Mustaine en el sonido y el trabajo creativo antes de su despido, debatir sobre si acaso Metallica fue la primera banda Thrash Metal o no -hay quienes le dan ese título a Venom y su maniático debut "Welcome To Hell" (1981)- o preguntarnos por enésima vez porqué el cambio radical tomado en los '90 respecto a su 'etapa dorada', pero nada de aquello viene al caso. También están los que se refieren a "Kill 'Em All" como "su mejor álbum", una visión tan ciega como poco creíble si tomamos en cuenta la tridimensionalidad presente a partir del siguiente "Ride The Lightning". Lo único cierto es que el primer crimen de Metallica fue determinante para todo un movimiento que remeció al planeta desde sus rincones subterráneos. Para los cuatro jinetes, no hubo nada más liberador que gritarle a todo el mundo quiénes eran y porqué estaban aquí. Un par de años antes de que Slayer estableciera sus propios dominios de muerte con "Reign In Blood" (1986), las bases para hacer música violenta y enojada ya estaban escritas con sangre.

Escrito por: Claudio Miranda

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