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#Especial: The Number Of The Beast "La Bestia Desata Su Ira"




Alguna vez mencionamos, a través de esta tribuna, que no hay nada que no se haya dicho acerca de Iron Maiden, la banda más grande del Heavy Metal en todo sentido. Desde los gloriosos años '80 en adelante, y con una discografía nutrida de himnos y obras de arte con que el género barrió con todos los clichés adosados, la banda comandada por el eterno Steve Harris ya lo ha hecho todo, incluso más allá de la música. Su legión de fans no para de crecer en todo el mundo, su reputación como acto en vivo no tardo en ganarse el rótulo de "experiencia" para todo 'metalhead' declarado y la leyenda forjada durante cuatro décadas habla por sí misma, al igual que el arte de sus portadas, las cuales se erigen como puerta de entrada a un universo cuya expansión rebasa todo lo esperado.

Sin embargo, es necesario hacernos la pregunta: ¿en qué momento la Doncella de Hierro pasó a formar parte de nuestro vocabulario y cultura a nivel global? Todas las miradas, más allá de las preferencias personales, apuntan a The Number Of The Beast (1982), el tercer LP de los ingleses y el primero con "un tal" Bruce Dickinson, cuyo registro vocal y presencia escénica no tardarían en dar que hablar. Aunque, siendo objetivos, el recién llegado provenía de una agrupación llamada Samson -entonces, se presentaba bajo el pseudónimo de "Bruce Bruce"-, donde, siendo sinceros, las aspiraciones no eran muchas, por lo que la gran oportunidad estaba a su alcance y era solo cuestión de tiempo. Por el otro lado, Iron Maiden necesitaba dar el gran salto, luego de dos tremendos trabajos como lo son Iron Maiden (1980) y el más complejo Killers (1981), ambos con Paul Di'Anno en las voces, un cantante dueño de una personalidad salvaje sobre el escenario pero cuyo registro, a pesar de su salvajismo innato, presentaba evidentes limitaciones ante lo que realmente tenía pensado el 'jefe' Harris para una agrupación que no se contentaba con la popularidad y, por lo tanto, buscaba el éxito a través de sus propias armas.


   Efectivamente el ingreso de Dickinson fue suficiente para dar forma a una placa que, si bien seguía la estela de los dos trabajos anteriores, también dejó en claro que la meta era comerse el mundo. Al menos debe ser esa una de las razones por las que el single "Run To The Hills" -editado en febrero de 1982- generó una estupefacción masiva, no solo dentro de la floreciente New Wave Of British Heavy Metal, sino también en todo lo que concierne al Rock duro. Es cierto, se había "sacrificado" la crudeza inicial en favor de coros pegajosos, de esos que se entonan con puño en alto en un estadio. Pero sería ese mismo elemento, al igual que los riffs galopantes, las letras con contenido literario e histórico, y las intros de corte épico, lo que determinaría la identidad sonora de la Doncella de Hierro, con todos sus músicos desplegando lo mejor de sí mismos y contribuyendo a consolidar una propuesta que le debía más a referentes como Wishbone Ash y Jethro Tull que a Judas Priest, la banda ícono de todo lo que fue, es y debe ser el Heavy Metal. Al menos aquella era la visión sostenida por Steve Harris, un fan acérrimo de bandas progresivas como Genesis y empeñado en demostrar -lo cual pudo lograr- que la complejidad de Yes y los riffs electrizantes de UFO pueden ir de la mano.


 Editado un 22 de Marzo de 1982 y producido por el genial Martin Birch -colaborador clave de la banda durante toda la década y dueño de un currículum que incluye nombres como Deep Purple, Rainbow, Black Sabbath, Whitesnake y Blue Öyster Cult-, The Number Of The Beast consiste en una bien nutrida colección de canciones cuyas melodías "radiales" eran complementadas con un excelente gusto al momento de componer y una energía desbordante presente en cada coro y riff presentes. Si alguien duda de aquello, entonces "Invaders" te sacudirá todas las dudas de un mangazo en la cara. El aporte de Harris en las bajas frecuencias queda de manifiesto de manera instantánea, con las guitarras a cargo de Adrian Smith y Dave Murray atacando con órdenes de no dejar sobrevivientes, mientras el baterista Clive Burr expone todas sus credenciales como eminencia en su instrumento, pese a su juventud en esos años. Y quienes pensaban que con la partida de Paul Di'Anno la banda perdía parte de su identidad plasmada en los dos LP anteriores, no podían estar más equivocados. Porque el trabajo que desempeña Bruce Dickinson en su debut en sociedad sobrepasa lo soberbio. El salvajismo que caracterizaba a los míticos guerreros vikingos se refleja de manera fiel en su prodigiosa voz y esos coros tan letales como un cuchillo rebanándote la yugular. Como dato curioso, "Invaders" es la única canción de apertura de un álbum de Iron Maiden que nunca han tocado en vivo, y una de las dos pertenecientes al LP del '82 que se han mantenido ausentes de sus set en directo.

   Luego del feroz comienzo, llega el momento de bajar las revoluciones con la más oscura y dramática "Children Of The Damned", canción inspirada en la película del mismo nombre (1963) y que trata acerca de unos niños con poderes psíquicos entrenados para combatir contra una raza de naturaleza desconocida. En todas sus líneas queda reflejada la orientación de Iron Maiden hacia una propuesta que intercala complejidad y dramatismo con atmósferas sonoras inquietantes en un comienzo y, las cuales mutan progresivamente en una catarsis sónica que te deja sin habla. Poco después de tamaña cátedra de originalidad, llegaría el turno de mostrar de qué estaba hecho este Iron Maiden modelo 1982, esta vez con "The Prisoner", corte cuya intro y letra hacen clara referencia a la mítica serie de TV del mismo nombre. "Not a prisoner, I'm a free man, and my  blood is my own now!". Si ese coro no te provoca nada, entonces estás muerto, no hay otra explicación. Por cierto, cómo tocaba Clive Burr, por Dios! El hecho de que, para entonces, la prensa especializada lo situara a la altura de grandes como Neil Peart, Ian Paice y el legendario Cozy Powell, era algo tan merecido como lógico. Terminando el lado A del vinilo, el riff mortífero de "22 Acacia Avenue" nos sumerge en las calles del East End de Londres, donde Charlotte ("Charlotte The Harlot", del debut homónimo del '80) te espera en el 22 de la Avenida de Las Acacias para que puedas saciar tu hambre de placer y hagas con ella lo que se te plazca. Musicalmente, define los mejores elementos de una banda que no duda en desplegar todas sus virtudes técnicas y creativas con una experticia técnica que supera todo lo esperado.


  "Woe to you, oh earth and sea, for the devil sends the beast with wrath, because he knows the time is short..." reza el capítulo 13, versículo 18, del Apocalipsis, pronunciado por el actor británico Barry Clayton, dando paso al riff incendiario de "The Number Of The Beast", el himno definitivo de la Bestia y presente en todos los set en vivo a partir de 1982. Es poco lo que se puede expresar y analizar respecto a un corte que, pese a su inspiración en la película "The Omen II", no tardó en generar controversia entre los sectores conservadores, lo que le valdría a la banda amenazas de censura por parte de organizaciones religiosas y ciertos sectores sociopolíticos que veían en Iron Maiden y todo el Heavy Metal un peligro para la juventud. Musicalmente hablando, la dupla compuesta por Adrian Smith y Dave Murray despliega todo su potencial en las seis cuerdas con una maestría tan impresionante como la descarga de energía con que Iron Maiden arrasa con todo a su paso. Escuchar una canción como "The Number Of The Beast" y mantenerse quieto es prácticamente imposible. Imposible resistirse ante tamaña descarga de adrenalina fluyendo por todo el cuerpo, de principio a fin.

  El single "Run To The Hills", cuyo comienzo épico y riff cabalgante pasaría a conformar la marca registrada de la Doncella durante las próximas décadas, define por sí solo el significado de Iron Maiden, incluso más allá de la música. Una letra que habla acerca de la llegada del invasor europeo al continente ubicado en esta parte del globo terráqueo -tanto desde la perspectiva de ellos como de los mismos nativos- y un coro al que ni el más escéptico se podría resistir a "tararear", así de manera casi automática. Así es como una canción se transforma en clásico automático, un himno de la vida, complementado por la cabalgata comandada por el propio Steve Harris, un tipo que desde el comienzo supo para dónde iba el asunto.

Entramos a la recta final del LP de la mano de la aceleradísima "Gangland", un corte que Iron Maiden jamás incluyó en sus set en vivo, pero no por ello se queda atrás en cuanto a calidad y actitud. Ganchera, dramatismo al tope, y con el bajo de Steve Harris marcando presencia de manera magistral, como ha sido la tónica en todo el álbum, mientras Clive Burr se despacha un trabajo tan sencillo como contundente en su ejecución. Y como broche de oro, una obra maestra que refleja hasta hoy la orientación artística de Maiden hasta hoy: "Hallowed Be Thy Name", un corte que narra y sonoriza los últimos momentos de un hombre condenado a la horca y cuyas reflexiones adquieren una importancia filosófica cuando se trata de enfrentar un destino que nunca sabremos si es el que merecemos o el que anhelamos mediante nuestras acciones y pensamientos. Todo aquello reflejado en una composición tan magistral en su estructura como en su interpretación, con cada componente aportando a dar forma a una pieza que denota la dirección que tomaría Iron Maiden a partir de los años '80, con Dave Murray y Adrian Smith consagrándose de inmediato como una de las duplas guitarreras más fundamentales del Heavy Metal y con un Bruce Dickinson que termina por convencernos de que su llegada a la banda resultaría clave para la evolución de Maiden hacia un estilo cada vez más complejo y fascinante en cuanto a sonoridades y conceptos con que no tardarían en alcanzar el éxito a nivel mundial, desmarcándose notoriamente de la misma N.W.O.B.H.M., movimiento que no tardaría en declinar, allá por mediados de la década.

  La gira denominada The Beast On The Road -la segunda más extensa, después del futuro y ahora mítico World Slavery Tour (1984-85)- dejaría en claro el creciente éxito obtenido por una banda cuya ambición artística sería clave para llegar a la cima del mundo. Incluso aprovechando su papel de teloneros para bandas como Rainbow, Scorpions y Judas Priest, suficiente para demostrar que había algo mucho más que un recambio. Sin embargo, al final de la gira, Clive Burr debe abandonar el barco. Las diferencias creativas con la banda (Harris) y la presión cada vez más presente, culminarían en dicha decisión, para después encontrar reemplazo en el actual Nicko McBrain (Trust, Pat Travers), aunque aquello es otra historia. Burr falleció en Marzo de 2013, producto de una esclerosis múltiple que lo aquejaba desde mediados de los '90 y que lo mantuvo postrado hasta su muerte.



  The Number Of The Beast marcó un hito en todas sus líneas. Puede que no se trate de su obra cumbre, como sí lo fueron Powerslave (1984) y 7th Son of a 7th Son (1988). Tampoco se trata de un trabajo fundamental en la orientación épica que tomaría la banda como sí lo fue Piece Of Mind (1983), donde hubo un antes y un después a nivel de trabajo creativo y producción. Sin embargo, su aporte a la cultura popular durante una década en que el Post-punk y la New Wave parecían no ceder ante la fuerza aplastante del Heavy Metal, es innegable, independiente de las preferencias personales. Pasarán 35, 40, 50 años, y el Número de la Bestia seguirá presente entre quienes encontraron en el Metal un universo mucho más fascinante y diverso de lo que uno suele creer. A veces no es necesario declararse fan para entender el aporte de Iron Maiden a un género que supo valerse por sí mismo, a pesar de las modas de entonces. El diablo envió a la Bestia y su ira sigue causando estragos y sensación entre grandes y chicos. Como todo clásico, el tiempo jamás hará mella en su contenido, mucho menos en el arte a cargo de una eminencia como Derek Riggs, a quien le debemos esa portada con Eddie manipulando, cual titiritero, al propio 'cola de flecha'. A fin de cuentas, ¿quién manipula a quién? Más claro echarle agua.


Escrito por: Claudio Miranda
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